viernes, 21 de abril de 2017

Santa y Andrés

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Santa y Andrés resulta una poderosa advertencia contra la negación del otro. Una de sus debilidades radica  en la pretensión de ubicar en una fecha y un sitio, intensas peripecias de la vida cubana. Al decir de un joven crítico, el filme realiza una

       objetiva exploración en ciertos momentos de nuestro pasado, no privilegiados 
        por la historiografía oficial;  un interés por repasar algunos pasajes relacionados 
        con actitudes asumidas por el Estado que aún aquejan la existencia de determinados 
       individuos y su mundo de valores.[1]

El filme pretende tener, en apariencia, una muy precisa ubicación en la historia cubana, pero esa historia contada no es capaz de fijarse en el tiempo.

Un texto inicial del filme advierte de la voluntad moralista de los primeros años de la Revolución, en los que se pretendía enmendar cualquier atisbo de lacra social que empañara los logros del socialismo naciente.

El “socialismo naciente no puede ubicarse sino en 1961 pero, de pronto, otro inmediato texto en el filme, coloca la historia en el Oriente cubano, nada menos que en 1983,  22 años después de aquel momento en que Fidel proclama el carácter socialista de la Revolución.

Pero hay todavía otro momento en que la información de Ángel Pérez  -- el joven crítico que valora y exalta la película --, señala:

            Esta inmersión en los desatinos acaecidos en Cuba (con su referente primero 
           en las terribles condiciones a las que fueron sometidos artistas y escritores tras              
           el Congreso de Educación y Cultura del año 1971) está expuesta con 
           excelente precisión cinematográfica.

La precisión será cinematográfica, pero no es, sin embargo una precisión histórica. Creo que el filme no quiere o no sabe tener esa precisión. Los momentos –los del sectarismo de 1962, la aparición de las UMAP de 1965 a 1968, el Quinquenio Gris de 1971 hasta la fundación del Ministerio de Cultura en 1976, los mítines de repudio en los días del éxodo de Mariel, todos esos momentos parecen fundirse y volcarse en la aventura transhistórica de los personajes Santa y Andrés, en un argumento que han elaborado el joven director Carlos Lechuga y el experimentado guionista Eliseo Altunaga: median más de cuarenta años entre las edades de los dos. Las cronologías que acaso pudo ignorar el treintañero Lechuga, no guardaban ningún secreto para el septuagenario Altunaga. Las peripecias de homosexuales y escritores –que claro que no son lo mismo-- en Cuba, atravesaron por diversos momentos. 

La historia que nos cuenta el filme se ubica en la provincia de Oriente y en 1983. La represión intelectual me parece tardía: ha pasado el momento en que a un poeta como Delfín Prats le hacen pulpa de papel un poemario premiado y ya editado, como fue Lenguaje de mudos; ha quedado atrás el represivo Quinquenio Gris y, después del éxodo del Mariel, no recuerdo “mítines de repudio” como el que sufre el escritor homosexual que es Andrés Díaz en la cinta.

Por ello creo que el guión de Santa y Andrés renuncia a una localización histórica, a una precisión que tal vez le parezca secundaria. Nos está diciendo –o, mejor, recordándonos– que eso existió en nuestra vida, no importa dónde, no importa cuándo.

La fuerza del filme se sitúa en la ejemplar relación entre los dos personajes y en la historia que nos cuenta. Santa ha llegado a casa de Andrés porque tiene la misión de  “vigilar al  enemigo”. Es una campesina que ha sufrido diferentes embates de la vida y representa al pueblo revolucionario que aprendió a cumplir lo que la Revolución demandaba. Jesús es el dirigente que le trasmite esas demandas, pero conduce a Santa a comprobar lo torcido del camino que le ha propuesto. Es el oportunista abusivo que ha renunciado a comprender y se ha despojado de toda humanidad para conseguir lo que se propone o para mantener lo que ha conseguido. 

Todos los personajes están perfectamente definidos del principio al fin del filme: son los mismos desde el inicio de la trama.  Santa es el único que cambia, el único que se transforma. Ángel Pérez ve, al final, a una Santa todavía sometida, que es capaz de lanzarle el huevo a Andrés como le ordena Jesús, pero la convicción de antes se ha esfumado del gesto: ha desaparecido. 

No es que descubra que “la Revolución se equivoca”, como afirma el crítico, sino que advierte que Jesús no  es la Revolución. Recuerdo como algunos de los represivos representantes del Quinquenio Gris, optaron por irse a vivir al capitalismo que execraban, cuando su poder desapareció. 

Jesús sabe que Santa jamás volverá a seguirlo: por eso aparecen los letreros insultantes, denigratorios, en la fachada de su casa. Sabemos quién ha mandado a colocarlos.

Se habla de la condición metafórica de Santa y creo que si alguna identidad la engloba es su cercanía a la revolución popular. Santa y Andrés está estéticamente resuelta en el personaje que encarna magistralmente la antiestrella que es Lola Amores, que me recuerda a la Adela Legrá debutante en Manuela. 

Si como dicen es cierto que se ha prohibido la exhibición de Santa y Andrés para el público cubano, esa me parece una decisión profundamente errónea, aunque la película no es en manera alguna una obra perfecta. Si se exhibiera generaría contradicciones y discusiones, pero si algún público está capacitado para valorarla con justicia, ese es el cubano. No le neguemos ese derecho.




[1] López Ángel: “Atisbos desde el borde”, en Altercine, IPS, ¼.

domingo, 16 de abril de 2017

El ángel herido


Hasta ayer no conocía al pintor Hugo Simberg. Y de pronto tuve ante mis ojos "El ángel herido", su obra más sugestiva, o una de las más. Representa a dos niños llevando en una parihuela a un ángel con la cabeza vendada y un ala rota. El primero de los niños, abriendo el paso, parece ensimismado en el camino; el segundo nos mira gravemente, acaso sin propósito, como si llevar un ángel herido no fuera tan extraño.

Cuál es la historia del momento que captura el cuadro, cómo el ángel se hirió o fue herido, son preguntas que asaltan. Acaso porque conozco un poco el tema no me ha sido difícil imaginar que pudiera tratarse de un ángel de la guarda accidentado mientras cumplía su deber. Viéndole, me pregunto si podría ser el que intentaba socorrer a Lorca o el que trataba de impedir que soltaran la bomba en Hiroshima. Quién sabe si incluso fuera el primero de los ángeles que se me ocurrió, y que no puse en la canción, el que intentó detener la hoja que bajaba hacia el cuello de María Antonieta. 

Hugo Simberg nació en Viipuri y vivió entre 1873 y 1917. Viipuri es una ciudad portuaria que primero fue finlandesa, luego sueca, luego rusa, luego otra vez finlandesa y a partir de 1940 ha vuelvo a ser parte de Rusia y lleva por nombre Viborg. 

Simberg pintó "El ángel herido en 1903 y en 2006 la obra de arte fue votada como "pintura nacional".

Han sido tantas las preguntas que me he hecho, mirando este cuadro, que no tuve más remedio que reconocer que jamás llegaré a la verdadera historia de aquella herida, de aquel ángel con unas florecitas silvestres en la mano y de aquellos niños que lo llevaban, supongo que a curar. No dudo que esa fuera la intención de Hugo Simberg, cuando lo pintó.

miércoles, 12 de abril de 2017

Para no irnos así, como en silencio

Cuba es un país de héroes. Algunos hemos tenido el privilegio de conocerles, de ser sus amigos y hasta de cantar con ellos, como me ha pasado con René Rodríguez Rivera (R3) y sus hermanos Alipio y Luis, quienes no sólo fueron combatientes revolucionarios sino además intérpretes y divulgadores del mejor repertorio de la trova tradicional. De los 4 hermanos Rodríguez Rivera, tres fueron médicos, como el padre. Guillermo, el menor, como ya saben, es poeta, ensayista, profesor y miembro dilecto de la Red Abeja.

René tenía esta crónica destinada a sus nietos. Yo, de fresco, se la pedí para Segunda cita. Espero que sus descendientes me comprendan.

Los cubanos conocemos quienes fueron los amigos que René menciona, de aquel Santiago de Cuba de a mediados de los años 50 del pasado siglo. Para los que no lo sepan, José Tey cayó en combate desigual en el alzamiento del 30 de noviembre de 1956, tres días antes de cumplir 24 años. Josué País García fue asesinado por los sicarios de Batista cuando aún no había cumplido los 20.  Su hermano mayor, Frank País García, era jefe de Acción y Sabotaje, y miembro de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio. A Frank las fuerzas de la tiranía lo asesinaron en las calles de su ciudad natal, cuando tenía 22 años. Al saber de su muerte, Fidel dijo: “Qué monstruos. No saben la inteligencia, el carácter, la integridad que han asesinado.”

srd

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Por René Rodríguez Rivera

Hoy no voy a quejarme ni a criticar nada, hoy quiero hacer algo distinto y rendir un pequeño homenaje a un amigo. Hace unos días un compañero me dijo que había fallecido el Coronel Wilfredo Colas Coello --“Patifino” para sus compañeros y amigos--, combatiente clandestino, de la Sierra e internacionalista, al cual tuve el privilegio de conocer como médico de la tropa que dirigió en Cabinda y en el Frente del Este, en los años 1975 y 76, en Angola. Duele que se haya marchado sin escribir, o contar a alguien que escribiera sobre su rica historia. Yo creo que todos debemos dejar algo de nuestras vidas escrito para amigos y familiares, y no irnos así, como en silencio.

Hace unos días vi en la tv que condecoraban a varios Comandantes del Ejercito Rebelde, entre ellos a Carlos Iglesias (Nicaragua), y recordé un hecho en relación con el mismo que hoy quiero convertir en una pequeña  anécdota de mi juventud, y que deseo guardar para mis amigos y sobre todo para mis nietos.

Corría el año 1954,  o principios del 55, yo había pasado de la lucha estudiantil a intentar hacer algo mas profundo contra la dictadura. Una de esas tardes calurosas de Santiago me encontraba sentado en un banco del parque conocido como La placita de Crombet, que quedaba próximo a mi casa, y se me acerco José Tey (Pepito) diciéndome que tenia un trabajo para mi, que esperara al atardecer, que me vendrían a buscar.

Comenzaba a anochecer cuando llegaron en un auto Frank País, Nicaragua y un jovencito cuyo nombre no recuerdo pero que era hijo de un profesor del Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago, el Pre de entonces. También venia César Perdomo, combatiente ya fallecido que conducía el vehículo. La cuestión era que hacía falta conseguir un mimeógrafo para editar propaganda y para ello Josué País se había quedado escondido en el Instituto, para en la noche, ayudados por un custodio o bedel, llevarnos el mimeógrafo.

Sucedió que el custodio fue cambiado por otro y no fue posible sacar el equipo. Nos encontramos a Josué fuera ya del edificio y se pensó en retirarnos. Entonces alguien dijo que no nos podíamos ir con las manos vacías y se decidió ir al reparto Vista Alegre, que quedaba muy próximo, para quitarle un arma a alguno de los soldados que tenían novias entre las domésticas o criadas que trabajaban en aquel reparto de ricos.

El jovencito hijo del profesor decidió quedarse y no participar; todos lo aceptamos. Apenas habíamos entrado al reparto cuando vimos a un policía que caminaba por la senda de la derecha. Lo sobrepasamos y dimos la vuelta en la esquina. Entonces Frank me dijo: “Vamos tú y yo”.

Nos bajamos del auto y caminamos por detrás del policía, acercándonos a él... Yo llevaba una especie de cabilla y Frank una pistola... Cuando estábamos próximos al policía, el individuo dio la vuelta y llevó su mano al revólver, que llevaba en la cintura; entonces Frank levantó la pistola y le apuntó. El hombre sólo dijo: “No me maten”. Le quitamos el arma y corrimos al auto, que ya regresaba.

El arma era un revólver 38, niquelado, de cañón largo. Dentro de mi nerviosismo me sentí muy feliz, y me sentí fuerte como nunca para seguir adelante. Pero eso, como dice un cómico, es otra historia.

Embúllense y cuenten algo de lo suyo, antes de irse.

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Nota: que a nadie se le ocurra pensar que estoy tratando de competir con el Guille, líbreme el cielo… Ah... y perdonen la sintaxis, ortografía, etc.

sábado, 8 de abril de 2017

La vieja y desacreditada receta de Irak

por Guillermo Rodríguez Rivera

Ya todo el mundo sabe que Bush y todo su equipo diplomático –es decir, los que en ese momento representaban a los Estados Unidos– mintieron sin el menor pudor cuando desataron la invasión televisada contra Irak.

Finalmente Bush y sus adláteres confesaron que aquella acusación de que el ejecutado Saddan Hussein poseía armas de destrucción masiva fue una mentira: el pretexto que usaron para invadir y prácticamente aniquilar Irak. Pero todavía, el hoy mal recordado expresidente norteamericano, tuvo el descaro de decir que la república iraquí estaba mucho mejor que en tiempos de Saddam, cuando ahora es un país arruinado, cuartel general del terrorista Estado Islámico.

Yo creo que a la oligarquía que manda en los Estados Unidos no le interesa la ruina de Irak, o de Libia o de Siria. Junto a su gran aliado árabe, la “democrática” monarquía saudita, está procurando una recomposición del Medio Oriente, que no importa si pasa por la muerte de centenares de miles de personas, mujeres y niños incluidos.

¿Dicen que Trump es un político “anti-sistema”? Allá quien se lo crea. Trump, como Obama, son parte de los coqueteos que van haciendo en las opuestas fronteras del sistema, pero sin sobrepasarlas, los grandes diseñadores del mismo. A la larga es la filosofía del gattopardismo: “hacer que cambie todo para que no cambie nada”.

Hace un par de de días emergió un insospechado Trump democrático: “Que los sirios decidan su propio destino”, dijo. Pero, ah!, el espíritu genocida del presidente El Assad, ha motivado un giro de 180 grados en la actitud de su colega norteamericano: apenas 48 horas después, Trump ha mandado atacar con misiles una base de las fuerza aérea siria. Las autoridades de Naciones Unidas todavía están haciendo sus pesquisas, pero hay una información que nadie tiene sino el presidente Trump y su Secretario de Estado, Tillierson: ellos descubrieron, inmediatamente, que fue el presidente sirio el responsable del ataque químico.

El canciller sirio ha dicho que la acusación es falsa y forma parte de una campaña contra su país. El presidente Putin ha desmentido la especie y asegura que Siria destruyó sus reservas de armas químicas bajo la supervisión de la ONU.

Los propios legisladores republicanos –que conocen bien de qué va la cosa– le han preguntado a Trump, que amenaza con irse a la guerra, si cree que Siria es una amenaza para los Estados Unidos.

Es la vieja receta norteamericana que tanto se ha desacreditado: siempre invocan un irreprochable y generoso motivo humanitario para irse a la guerra. Después resulta que el humanitarismo no existía y que eran otras las razones nada generosas del ataque. Pero Trump lo intenta, una vez más. ¿No parece un hermanito de George W.?

martes, 4 de abril de 2017

¿Realmente cuidamos a nuestros ancianos?

Por Laidi Fernández de Juan

Lo leemos en la prensa y lo escuchamos en el noticiero; analizamos tablas, gráficos y esquemas; llega a ser motivo de acertijos en crucigramas populares y en sopas de letras: De toda Latinoamérica, Cuba ocupa el primer lugar en envejecimiento poblacional. Para nadie es un secreto. Las causas del fenómeno son varias, y no sería justo obviar que entre ellas, se encuentra el alto nivel de nuestros servicios de Salud. Se estimula la especialidad de Geriatría, existen varias salas hospitalarias destinadas a este tipo de enfermo, hay Gabinetes Municipales que se ocupan de la llamada Tercera Edad; psiquiatras, geriatras e internistas visitan en sus casas a quienes no pueden trasladarse hasta el Consultorio Médico. Se han habilitado Farmacias Especializadas para pacientes postrados, y los trabajadores del Departamento de Seguridad Social de cada Policlínico tienen en sus funciones, el control y seguimiento de discapacitados, entre los que se encuentran muchos de nuestros ancianos.

Sin embargo, no es suficiente. Todo lo reflejado hasta ahora se refiere a un anciano enfermo, y aun asi los suministros no alcanzan. Ni pañales, ni sillones de ruedas, ni colchones antiescaras, ni aditamentos para el aseo, ni calzado adecuado, ni muebles sanitarios: todo es deficitario por mucha voluntad que exista. El establecimiento conocido como "Cuba RDA” merece comentario aparte. Quienes allí trabajan se han convertido en verdaderos magos del invento, e intentan,  a través de su creatividad e ingenio, suplir muchas de las carencias materiales.

Pero resulta muy preocupante que los estudios se congelen en pura estadística. La infraestructura que se necesita (carísima, lo sabemos) para el soporte de la atención integral al adulto mayor, apenas resiste la alta demanda. Aun así, debemos encaminarnos a evitar que la ancianidad se convierta en el grave problema que es hoy. Las frecuentes caídas que sufre esta población podrían evitarse, por ejemplo, si las aceras y las calles estuvieran en mejor estado. La depresión, la melancolía y el sentimiento de baja autoestima que caracteriza  la senectud puede minimizarse si, (otro ejemplo) los cines, los teatros, los restoranes y las cafeterías se adecúan para recibir clientes cuya motilidad está afectada.

Actualmente, ¿Cómo pueden distraerse nuestros venerados ancianos? Solo frente al televisor. ¿Dónde pueden saborear un bocadito apetecible? Solo en el comedor de toda la vida. ¿Dónde pueden tomar el sol, disfrutar de la vegetación, contemplar el mar? Escasamente en el portal, en el balcón, o a través de postales. ¿Cómo se construyen casas y hoteles hoy en día? Con altas escaleras, con pasillos infinitos, con baños minúsculos y sin soportes, en los cuales no cabe ni un sillón de ruedas infantil. Quienes tenemos la dicha de contar con ancianos en la familia, nos convertimos en inspectores-arquitectos-imaginarios remodeladores de espacios. Vamos a un sitio, y automáticamente examinamos distancias, puertas, trayectos, y vamos descartando “Aquí no puedo traer a mamá”;  “Este lugar es demasiado complicado para los bastones de papá”;  “Este hotel no tiene espacio para el sillón del abuelo”, y asi sucesivamente.

La conclusión salta a la vista: No se ha pensado en la ancianidad. No se conciben planes constructivos teniendo en cuenta los requerimientos de los mayores. No se modifican barreras ya establecidas, de manera que se facilite el paso a quienes ya no gozan de la salud de antaño. Cabe preguntarse: ¿Los que  hacen los planos de estos lugares; quienes autorizan el presupuesto para las edificaciones, todo aquel involucrado en proyectos constructivos a gran escala, no tiene madre, padre, abuelo mayor de setenta años? ¿Ninguno de ellos ha pensado que pronto los embates de la edad les llegarán a ellos mismos? Ya quisiera yo ver al ingeniero civil, al arquitecto y al obrero que hizo (tercer ejemplo) el edificio más reciente, tratando de caminar con lumbalgia, con artritis de las rodillas o con ciática, por esos corredores y esas escaleras. O manejando sus sillones de ruedas a través de rampas que meten más miedo que la seguridad que supuestamente deben ofrecer.  

No hay nada gracioso en el hecho (cuyas causas escapan a toda imaginación), de que las escaleras de la mayoría de los edificios modernos ni tienen pasamanos, ni son regulares los escalones. La separación entre ellos es sorprendente, sin orden de ningún tipo, como si alguien quisiera forzarnos a un equilibrio que no existe. Solo un detalle nos salva de la barbarie actual: La solidaridad cubana. A pesar de las inmensas dificultades, seguimos siendo un pueblo sensible. Resulta hermoso comprobarlo. Si llevamos un anciano al Banco, al Hospital, al Dentista, de inmediato acuden desconocidos a ayudarnos. Y gracias a esas manos que nunca volvemos a ver, nuestros queridos padres, las madres y los abuelos logran franquear complicadas entradas sin morir en el intento. Las organizaciones Panamericanas y Mundiales de la Salud, además de apoyar más a Cuba en la solución de los graves problemas que afronta nuestra envejecida población, debiera (digo yo) hacer un reconocimiento internacional a la sensibilidad de este pueblo. Que incluye las amistades que desde dentro y fuera, colaboran enviando los recursos que necesitamos para el confort de nuestros familiares.  Mientras no llega ni lo uno ni lo otro, vaya mi gratitud al cooperante anónimo gracias al cual soportamos más tribulaciones que Belmondo en China, sin echarle la culpa a Rio.  


Marzo, 2017

viernes, 31 de marzo de 2017

Las frustraciones de la vida cotidiana

Por Guillermo Rodríguez Rivera

Nuestras autoridades afirman que los salarios de los trabajadores no pueden aumentar mientras no aumente la producción, pero nuestra cotidianidad parece diseñada para que esa producción no aumente nunca.

Lo que nuestras tiendas clasificaban como un colchón ortopédico –el mejor que puede adquirirse en nuestras tiendas en divisas–, empezó por costarle 100 cuc. a su comprador pero, un tiempo después, ese precio se había duplicado: eran 200 cuc. los que había que pagar por un colchón de muelles recubiertos por unas finas capas de espuma de goma. Ya el precio anda por 250 cuc., sin que la calidad del objeto mejorara. Pero si uno consulta las páginas de Internet va a encontrar personas que venden un colchón semejante por 180 o 150 cuc. Esto es, un ahorro para el comprador de 100 cuc., que son 2500 cup., porque mientras más suben los precios las tiendas estatales, mucho más abundante y lucrativo se hacen la producción y el comercio privado.

Ese colchón que produce una naciente empresa privada se hace con los mismos muelles y la misma espuma de goma  que el que venden las tiendas estatales por 70 ó 100 cuc. más. ¿Existe alguna tienda que legalmente le venda esas materias primas a nuestros productores privados? No, esos muelles y esa espuma de goma deben ser sustraídos de sus sitios de producción. Quien compra ese colchón fabricado con esos materiales –usemos el eufemismo que oficialmente se ha puesto de moda– “desviados”,  contribuye al robo pero, por un colchón igual, el estado despoja al ciudadano de 2000 o 2500 pesos. En su vida cotidiana, el cubano va comprobando la veracidad de un proverbio de la disidencia checa: “el que no le roba al estado, le roba a su familia”.

El general de ejército Raúl Castro, ha proclamado su criterio de que cada cubano tiene derecho a beber cada día un vaso de leche, pero me parece que esa posibilidad se vuelve cada día más lejana. Me interesa indagar de qué modo el propio Estado ha contribuido y contribuye todos los días a esa frustración.

Al triunfar la Revolución, Cuba tenía una población de 6 millones de habitantes y el mismo número de cabezas de ganado vacuno. Hoy tenemos el doble de habitantes y la mitad de cabezas de ganado: 12 millones de pobladores y unos 3 millones de reses.

Frente al despoblamiento vacuno, el Estado estableció una muy represiva legislación: se volvió muy fuerte la pena de prisión para quien sacrificara una res o colaborara a ello. Tenía un vecino cerca de mi antigua casa que había comprado una buen cantidad de carne, pero la policía lo detuvo cerca del lugar donde se había hecho el sacrificio y lo acusó de participar en él. Estaba a la espera del juicio cuando formó parte de los balseros que abandonaron Cuba en 1994, para no enfrentar la condena.

Para evitar la creciente desaparición del ganado vacuno se establecieron leyes. La primera, establecer una fortísima condena a quien sacrifique una res: son casi diez años de prisión. Si a un campesino le roban una res, las autoridades no hacen nada por descubrir al ladrón, sino que su dueño es fuertemente multado, porque la certeza de la ley es que se trata de un “auto robo”, porque el dueño del ganado no puede sacrificarlo. Para eso, no es su dueño. No puede sacrificarlo ni aunque sufra un accidente. Si a la res la atropella un camión o la mata un rayo, el dueño tampoco puede disponer de su carne: tiene que entregarla en el sitio estatal establecido. En verdad, nadie que críe ganado vacuno sacrifica una vaca lechera, pero la cría macho, el ternero, no puede ser sacrificado sino por el estado, que paga un precio ridículo por el animal. La carne de res se vende en divisas o se destina a algunos hospitales, a los consumidores del turismo internacional  y a centros de distribución especiales. La mayor parte de los terneritos muere de hambre, porque la leche que tendrían que consumir es mucho más valiosa que el precio que el Estado establece para pagar por el animal crecido.

El campesino claro que prefiere criar cerdos y no vacas. Del ganado porcino dispone libremente: lo vende al precio que libremente acuerde con su comprador y puede sacrificarlo cuando quiera.

Estas son frustraciones que está en nuestras manos resolver, siempre que se tenga la voluntad de conseguirlo.