martes, 23 de enero de 2018

Comentario a “Los millones que vuelan con los cubanos”

Por Humberto Pérez

En estos últimos días, con el título que encabeza este comentario, ha circulado bastante en la prensa digital y a través de los e-mails un artículo periodístico de Fernando Ravsberg. http://cartasdesdecuba.com/los-millones-que-vuelan-con-los-cubanos/

Al artículo de marras lo reproduzco más abajo con algunos subrayados míos.

Creo que ante esta información hay que recordar lo que nos dijo Marx en alguna ocasión: ¨si la esencia y la apariencia de las cosas coincidieran no haría falta la ciencia¨.

Me veo llevado a retrotraerme a la época en que, como profesor joven de ¨El Capital¨, explicaba la naturaleza y el funcionamiento del Capital Comercial tratado en el Tercer Tomo de dicha obra.

En primer lugar, haría falta disponer de una información que no está en el artículo, no se obtiene a través de las publicaciones estadísticas cubanas y no sé si algún investigador y estudioso pudiera tenerlas, por lo menos en parte.

1–¿Cuál es el número total de compradores cubanos que realizan estas compras en países extranjeros para vender en Cuba los productos adquiridos?

2–¿Cuántas veces, como promedio al año, un mismo comprador realiza estos viajes comerciales y compra fuera y vende dentro, es decir, cuántas operaciones completas de este tipo realiza como promedio anual?

3–¿Cuál es el valor promedio anual por comprador?

4–¿Cuál es el valor promedio por compra que se produce en este comercio?

5- Por lo que se entiende de lo informado los 600 millones de USD de gastos anuales de que se habla incluyen lo que se paga por las mercancías (costo o precio mercantil), pero además los costos del viaje, hospedaje, transportaciones, re-envases y embalajes, fletes aéreos o marítimos, comisiones u otro tipo de pagos a personal vinculado en los países extranjeros, etc. ¿Es así?

Estos datos resultan necesarios para determinar la rotación media anual del dinero o capital invertido y por lo tanto el monto real de este capital que debe ser lógicamente una cifra bastante menor a los 600 millones de USD de que se habla.

Por ejemplo, si hipotéticamente, se tratara de un solo comerciante que hiciera una compra a comienzos de año y otra a finales de año o comienzos del siguiente, es decir una sola operación en el año, necesitaría disponer efectivamente de 600 millones de capital para recorrer el ciclo completo de comercio anual, que sería un solo ciclo: compra una vez, trae lo comprado, se pasa el resto del año vendiéndolo en Cuba, recupera lo invertido y obtiene además una ganancia dada, y vuelve al final con los mismos 600 millones a realizar la compra del siguiente año y así sucesivamente.

Pero si ese mismo comerciante paga en el extranjero los mismos 600 millones totales en el año, pero lo hace cuatrimestralmente por partes iguales, es decir en 3 ocasiones en el año, para desarrollar su negocio necesitaría solo un capital comercial de 200 millones a los que hace rotar 3 veces en el año. Si lo hiciera cada dos meses, haría rotar su capital 6 veces y solo necesitaría desembolsar en cada ocasión 100 millones de USD y (supuestamente de los bancos del país) solo extraería los 100 millones que invirtió en la primera vez, pues las siguientes veces se trataría de los mismos 100 millones que salen, entran, se recuperan, vuelven a salir, vuelven a entrar, etc.

Se pudiera razonar que, en definitiva, bajo una u otra hipótesis, del país salieron los 600 millones de USD en el año, lo que solo sería cierto en apariencia.

Y es que el capital comercial o mercantil se manifiesta y existe, a través de cada ciclo recorrido económicamente en la circulación, en dos formas materiales distintas: comienza en forma de dinero (capital dinero), pero cuando el comerciante adquiere las mercancías que después va a vender, ese capital se transfigura y regresa a Cuba revistiendo la forma material de productos o mercancías (capital mercantil). Este comerciante en este momento ha retornado al país el mismo valor en divisas que sacó, pero en la forma material de productos. Su capital ha recorrido la fase D-M, que comenzó afuera pero que termina dentro del país, al entrar a este y quedar dispuesto para su venta.

Después viene la fase de vender a los clientes (consumidores) cubanos la mercancía traída para que su capital recorra la fase final del ciclo, la fase M-D´, y se convierta de nuevo en dinero incrementado que contiene la recuperación de lo invertido en el costo o precio de las mercancías y en los demás gastos de transportación y comerciales en que haya incurrido, más una ganancia mayor o menor que es de la que se apropia el comerciante. Esta fase ocurre también dentro del país.

¿A manos de quiénes van a parar las mercancías traídas por el comerciante? A manos de otros cubanos que como consumidores las adquieren y con ellas satisfacen diversas necesidades. Es decir, el dinero que salió inicialmente (supuestamente de los bancos) del país continua después todo el tiempo dentro de este: primero en forma de mercancías aún en manos del comerciante y por último en forma de bienes de consumo en manos de los consumidores.

¿De qué fuentes sale el dinero con que los consumidores cubanos le han comprado las mercancías a este comerciante? Puede ser que haya salido de un salario o una pensión, pero lo más frecuente y probable es que las hayan comprado con CUC o con CUP que hayan salido de las CADECAS cambiados por nuevas divisas que el país ingresa de los receptores de las mismas, procedentes de remesas, turistas y otros residentes que tengan otros tipos de ingresos en divisas. Puede que en casos la compra se haya ejecutado informalmente y ¨por la izquierda¨ directamente en alguna divisa extranjera sin que haya pasado por las finanzas del país y con frecuencia estos comerciantes no cambian en los bancos los CUC y CUP procedentes de las ventas realizada, sino que lo hacen también ¨por la izquierda¨ por los receptores de divisas en dólares, que prefieren hacerlo por esta vía para eludir en parte la multa a que está sometida la divisa norteamericana en las CADECAS. Estas divisas en que convierte el comerciante sus ingresos, no solo son en su mayor parte la recuperación del capital inicialmente invertido, sino que además se trata de divisas que no han entrado en ningún momento en las arcas del Estado y son por tanto divisas frescas.

Adicionalmente el comerciante debe haber pagado derechos de aduana e impuestos que representa ingresos para el país, aunque sabemos que esto se burla muchas veces y que por estas vías se recibe menos de lo que se debía según lo legislado. No obstante, hay que tener en cuenta que cuando incluso el comerciante paga sobornos, económicamente hablando, está entregando esas divisas a manos de algún otro cubano que reside en el país y esa divisa, aunque derivada de un acto ilegal y de corrupción, se queda dentro del país, aunque no en las arcas del Estado.

Lo fundamental es entender que, aunque supuestamente, el capital inicialmente invertido por el comerciante para comenzar el primer ciclo de rotación haya salido de un banco cubano, ya las siguientes inversiones para comenzar los nuevos ciclos salen del dinero recuperado de la primera inversión o de fuentes de divisas frescas y no es una nueva salida de divisas de las arcas del país.

He subrayado la palabra supuestamente en varias oportunidades en que he dado por sentado que el dinero salió necesariamente de las divisas que el país tiene en sus cuentas. Porque me inclino a pensar que la mayoría de los capitales originarios o iniciales de las actividades comerciales realizadas por cubanos a las que se refiere el artículo (y no solo en el caso de los EE.UU.) han salido de remesas en dinero o especie de familiares o amigos cubanos en el exterior que, a veces, además, son los verdaderos dueños de los negocios usando a los cubanos residentes en Cuba como sus testaferros. O han salido como una reinversión de algunos dueños de paladares o similares. O han salido de los ahorros de cooperantes cubanos en el extranjero, de los ingresos de artistas:  músicos, pintores, etc., que tienen suficientes ingresos en divisas. Es difícil pensar que un cubano cuyos ingresos sean solo procedentes de sus salarios o pensiones o de los magros ingresos que tiene la mayoría de los auténticos cuentapropistas (no de los eufemísticamente llamados así pero que en la realidad son dueños de MIPYMES), puedan haber comprado divisas en un banco para iniciar una actividad comercial como las comentadas.

Tengo la presunción de que la actividad comercial comentada ha representado más que una fuga una entrada neta de divisas y de capital fresco al país, además de resolver necesidades que las entidades del Estado no han logrado resolver. Deben haber resultado más que una sangría una transfusión.

Y tengo la impresión de que la no compresión de la esencia económica de esta actividad y el haberse guiado solo por sus apariencias es lo que llevo hace unos pocos años a los organismos decisores, a retirar licencias ( unas 20 000 si mal no recuerdo) que se habían concedido para ejecutar comercio minorista por cuenta propia, afectando innecesariamente a los que ya estaban empleados en dicha actividad y a la población consumidora que se vio privada de acceder a bienes e insumos que desaparecieron del mercado o se mantuvieron clandestinamente, que es lo que principalmente ha ocurrido.

Considero que de lo que se trata es de autorizar estas actividades comerciales y regularlas y controlarlas debidamente e incluso ofrecer la oportunidad de que se creen asociaciones entre el sector privado y el sector estatal cooperativo que faciliten la entrada de capital fresco para financiar la mejora que el consumo de los artículos implicados en este comercio está reclamando la población.

Espero no haberlos abrumado demasiado con esta explicación y argumentación y no haber resultado demasiado petulante, sobre todo ante el autor del artículo.
Además, puede que algunos o muchos no estén de acuerdo con mis razonamientos.
Por lo que no haya logrado o motive desagrado, pido disculpas.

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Los millones que vuelan con los cubanos

Fernando Ravsberg, enero 18, 2018

Un periódico español informa que decenas de miles de cubanos viajan cada año a Guyana para “importar” productos por valor de U$D 145 millones. El tráfico es tal que una aerolínea caribeña decidió establecer una ruta entre los dos países.

Es difícil confirmar la exactitud de esta cifra pero el presidente de Fly Jamaica, Ronald Reece, nos da una pista al afirmar que inician los vuelos porque “hay muchos cubanos que vienen a comprar aquí. Guyana es uno de los pocos lugares que pueden hacerlo sin una visa”.

El dinero que estos “importadores” gastan en Guyana no son pesos convertibles y mucho menos pesos cubanos. Para comprar en aquel país se necesita llegar con moneda dura, son dólares o euros que salen, de una u otra forma, de la economía nacional.

Otro tanto ocurre con Rusia, donde la afluencia de compradores de la isla es tal que en algunos mercados hay carteles en español dirigidos específicamente a los cubanos. Existe además una red de hostales para hospedarse y otra de transporte hacia los mercados.
Las aerolíneas mexicanas han intentado limitar, sin mucho éxito, la cantidad de bultos y el peso de estos. Finalmente se establecen dos colas una para los que vienen con una maleta y la otra para los que traen aires acondicionados, televisores o piezas automotrices.

En las calles de la zona franca de Panamá, se escucha constantemente el acento de la isla y en las tiendas más importantes los cubanos tienen personal exclusivamente dedicado a ellos, vendedores que conocen a la perfección las reglas de la aduana de Cuba.

Las empresas encargadas de enviar contenedores desde Panamá a la isla tienen grandes espacios con balanzas, para que los cubanos re-envasen lo que compraron hasta alcanzar decenas de paquetes con el peso máximo tolerado para no pagar impuestos al entrar a su país.

Hace un par de años ya, el gerente de la zona franca de Colón en Panamá, Manuel Grimaldo, revelaba un dato sorprendente: “Ese mercado cubano de a pie que viene a Panamá representa actualmente unos US$100 millones solo en compras dentro de la Zona”.

También a Haití viajan desde Cuba miles de personas en busca de mercancías y allí son esperados por los mercaderes con los brazos abiertos. Crearon incluso hostales para los compradores cubanos, donde el hospedaje diario con desayuno cuesta apenas U$D 10.

Entre Panamá y Guyana los cubanos se gastan unos U$D 250 millones cada año, si les sumamos Haití, Rusia y México podríamos hablar de U$D 600 millones. Esa sería la fabulosa cifra que sale de Cuba en los bolsillos de decenas de miles de personas, dedicadas a importar por cuenta propia.

 En la isla esos productos no se venden en dólares sino en pesos, por lo cual se necesita volver conseguir divisas dentro de Cuba para comprar en el siguiente viaje. En pocas palabras, cada año salen cientos de millones en moneda dura, para beneficio de los comerciantes de otros países.

EEUU es parte de otra ecuación, el negocio del contrabando funciona ligado a las remesas familiaresGran parte de los dólares que los emigrados envían se utilizan para comprar mercancías en Miami, cuya venta en la isla produce los CUC necesarios para pagar a los familiares.

La mayor parte de la mercancía entra como contrabando, sin pagar impuestos al Estado, sea porque los importadores conocen al detalle las reglas de aduana y las utilizan a su favor o porque conocen a alguien de la aduana que “trabaja” a su favor.

Quien sostiene y alimenta este comercio es sin dudas el Estado con la escasez crónica de productos, el impuesto del 240% que se les aplica para la venta, la mala calidad de las mercancías importadas, la poca variedad e incluso el mal gusto de muchas de ellas.

Las importadoras cubanas han sido casi siempre nido de corrupción, cada cierto tiempo los directivos salen esposados de sus oficinas. Algunos exempleados reconocen haber cobrado decenas de miles de dólares en comisiones o viajes de turismo a cambio de firmar contratos.
El país necesita ordenar su comercio interno para que el grueso de las divisas se quede en la economía nacional. Ya sabemos que los particulares son más eficientes a la hora de importar, entre otras cosas porque antes de comprar hacen un estudio del mercado.

 Los hay incluso que venden por catálogo y de esa forma tienen toda la mercancía colocada antes de poner un pie fuera de Cuba. Piden por email los productos y viajan a recogerlos cuando tienen un volumen que les permita costear gastos y obtener ganancias.

 Hasta ahora la represión y la restricción no han logrado frenar este comercio y difícilmente podrán mientras persistan necesidades de consumo insatisfechas. Si las autoridades se proponen lograr un resultado distinto harían bien en idear soluciones diferentes.

Fuente: https://elestadocomotal.com/2018/01/22/humberto-perez-comentario-a-los-millones-que-vuelan-con-los-cubanos/

lunes, 15 de enero de 2018

Palabras para inaugurar el Premio Casa de las Américas 2018

La Habana, 15 de enero de 2018.

Hermanos que convoca esta Casa:

Si a un siglo de su nacimiento José Martí fue identificado como responsable de los hechos revolucionarios que inauguraron nuestra etapa libertaria de 1953, también pudiera decirse que esta Casa de las Américas fue fundada por nuestro Apóstol, por su compromiso con los próceres que empezaron las guerras de emancipación continental contra el colonialismo. Para colmo, una joven de la generación del centenario del nacimiento de Martí, protagonista de aquella jornada terrible y simbólicamente hermosa fue, a su vez, quien fundó y animó a esta institución, que ha reunido escritores como haciendo un ensayo hogareño de aquel ideal llamado Nuestra América.

Otro imprescindible de esta Casa, mi amigo poeta y pensador Roberto Fernández Retamar, el año pasado me pidió estas palabras de inauguración al Premio número nº 59. Y es que Roberto sabe que, aunque este entrañable evento aún no ha incluido la modalidad de canción, es incuestionable que aquí se ha cantado mucho, tanto con lírica como con guitárrica.

Por ejemplo, el mes que viene hará medio siglo de que varios trovadores de mi generación estuvimos por primera vez en este mismo salón. Aún no se llamaba Che Guevara, aunque ese fue un nombre que nos sobrevoló aquella noche. Lo que era yo, estaba bastante azorado, casi no me lo creía, porque en febrero de 1968 Casa de las Américas era ya un lugar honroso y querido, liderado por una heroína y respaldado por brillantes artistas y escritores.

Faltaban por llegar muchas novelas, narraciones, piezas de teatro; faltaban inolvidables libros de poesía. Y faltaban por ausentarse, o por sernos arrebatados, varios hermanos queridos. Porque esta Casa y este Premio siempre tuvieron la virtud de reunir a mujeres y a hombres más interesados en la suerte de sus pueblos que en la de sus palabras; gente entregada en el ingenio, pero mucho también en carne y hueso. Así que faltaban por ocurrir sorpresas en muchos escenarios, noticias esperadas o inconcebibles, esperanzas y angustias de diversas honduras.

También faltaban iluminaciones, torpezas, aprendizajes; faltaba tiempo, partícula a partícula, haciendo lo que la brisa y el agua cuando corren. Faltaba, después de la espuma, el sedimento revelador que nos hace reconocer y desafiar, entre las miserias del mundo, lo triste de nuestra propia naturaleza.

A algunos incluso nos faltaba más de la mitad de nuestras vidas, aunque no lo sabíamos. Y todos éramos aprendices de todo: de la historia escrita, de la que pensábamos que faltaba por hacer y escribir y, por supuesto, la de la hormiga cotidiana: la historia real que, entre acorralado y desafiante, ha escrito este pequeño país, capaz de proyectar las enormes luces de sus sueños.

Algunos sueños acaso no los llegaremos a tocar, al menos del todo, porque el acoso constante sin dudas nos limita. Estamos donde una larga, compleja y desigual batalla nos permite. Esto nos ha hecho desarrollar un arte de defensa que nos sostiene. Y aunque el que se defiende bien a veces logra sobrevivir, verse obligado a basar la existencia bajo esa premisa no es lo más saludable.

Quienes hemos sido parte de esta Casa de las Américas durante 59 años tenemos pruebas, en primer lugar, de que el bien es posible, y de que el arte y la cultura son parte de su sustancia. También sabemos que algunas inconveniencias pueden durar más de lo proclamado y que el bien es aún perfectible.

Por esas razones aquí estamos, con la voluntad de ser mejores, de avanzar. Por eso aquí seguimos. Por supuesto que no eternamente y mucho menos por costumbre, sino porque aún somos capaces de estremecernos cuando llegamos a un lugar como esta Casa.

Es como si de pronto se fuera abrir una puerta y entrara una señora con una sonrisa entre pícara y materna, con una mirada entre nostálgica y escrutadora, con una voz de flauta y unos brazos menudos que te rodean, te sostienen y hasta te enderezan, y te hacen pensar que estas a salvo, que realmente puedes decir todo lo que te parece —y hasta lo que imaginas—; extraordinario abrazo que te hace sentir que estás creciendo, o que te hace creer que cuando dices es que creces, y que sólo por eso vale la pena estar vivo.

Gracias a esa y a otras nítidas presencias ahora mismo en esta sala, es que logro decir bienvenidos, hermanos, al Premio Casa de las Américas de 2018.

Muchas gracias.

Jorge Fornet, Roberto Fernández Retamar, yo, Abel Prieto, Marcia Leiseca (foto: ngn)

miércoles, 3 de enero de 2018

La entrevista que nunca se publicó

Por Lillian Lechuga
Recién llegada a Bohemia, mi primer trabajo como periodista entre el 69 y el 70, recibí una de las primeras tareas que me encomendó el entonces director, Enrique de la Osa: nada menos que la de entrevistar a Raúl Roa García, a la sazón ministro de Relaciones Exteriores, llamado Canciller de la Dignidad por sus valientes enfrentamientos con los enemigos de Cuba. Fue igualmente uno de los hombres de mayor erudición de nuestra Isla donde, además, son bien conocidas sus valientes posiciones frente a todos los gobiernos encabezados por astutos gobernantes marrulleros desde la generación del 30 hasta el triunfo revolucionario del 59.
El ministro me citó un domingo a las siete de la mañana. Me enfrenté muy nerviosa a aquel hombre “desordenado, brillante e inquieto” como lo llamara Pablo de la Torriente Brau, su hermano en la lucha y en la vida. 
La encomienda era la de conversar con él sobre la reciente publicación del libro Aventuras, venturas y desventuras de un mambí, dedicado a su abuelo Ramón Roa, coronel en la guerra del 68.
Antes de comenzar la conversación me preguntó sobre aquel objeto que yo había puesto sobre su buró. Cuando le contesté que se trataba de una grabadora, me ordenó que la sacara del despacho. Me quise morir. ¿Cómo iba yo a resolver aquel trabajo con las pocas anotaciones que pudiera tomar de su rápida y nerviosa conversación?
Estuve el fin de semana encerrada en mi casa tratando de cumplir con aquella difícil encomienda después del tiempo que me había dedicado Roa, dilucidando cómo podría interpretar en mis notas al menos algo de lo que aquel hombre tan culto e inquieto me hizo saber. 
Al llegar el lunes, satisfecha y nerviosa, al despacho del director de Bohemia sentí frustración y a la vez un gran alivio, cuando Enrique sin siquiera mirar mi trabajo. Me espetó: “Ah, no te preocupes que Loló de la Torriente, me envió una crónica inmediatamente que salió el libro a la luz y la publicaremos”.

Sobre Aventuras, venturas y desventuras de un mambí un siglo después

“Ramón Roa fue un mambí de pluma y machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. Era un hombre del 68”.
Con estas palabras, síntesis de una vida dedicada a luchar por liberar a Cuba de la dominación española, empieza a escribir Raúl Roa García la biografía de su abuelo. La idea de escribirla no había surgido recientemente, sino desde que, a los catorce años, leyó por primera vez A pie y descalzo, libro escrito por Ramón Roa donde narra las vicisitudes de la marcha desde Trinidad hasta Holguín después de su desembarco del buque El Salvador.
Pero la biografía tuvo que esperar. “Al incorporarme a la lucha revolucionaria contra la dictadura de Machado tuve que diferir la ejecución del empeño; mas, solo fue para convertírseme en obsesión”.
Años más tarde, en 1950, buscando en archivos y bibliotecas, logra reunir los escritos de su abuelo y los publica bajo el título Con la pluma y el machete. No fue hasta 1969 que “entre rollos diplomáticos y siembras de café” pudo disponer de algún tiempo para llevar al papel lo que tuvo en la mente durante largos años.
El libro es inclasificable, no responde a ningún patrón. Con palabras de Roa: “El libro es lo que es y salió como salió”. El personaje objeto de la biografía se diluye en ocasiones dentro del mare magnum de episodios y hombres del largo período de historia cubana que abarca el libro. Tiene que ser así puesto que no se puede juzgar y aislar a un hombre de la guerra, sin tener en cuenta la guerra misma, sin analizar minuciosamente todos los momentos.
Roa vindica a su abuelo que, como bien dice, es hombre de carne y hueso que ha cometido errores pero que también ha sido enjuiciado injustamente. Con motivo de su libro A pie y descalzo fue fuertemente atacado por Martí, quien lo acusa de propagar el miedo a la guerra. En relación a esto Ambrosio Fornet en su prólogo al libro escribe:

El culto a los héroes que recorre estas páginas es crítico, como ese a que alude Martí cuando aclaraba que “el culto a la Revolución sería insensato si no lo purgase el conocimiento de sus errores”. Aquí, el propio Martí es sorprendido cometiendo una injusticia personal en nombre de la guerra necesaria.

Resulta evidente que Martí utilizó la polémica con respecto al libro en nombre de la guerra necesaria. Roa lo explica de esta manera: “Aquella escaramuza dialéctica, acabaría, pues, por soldar los pinos nuevos y los pinos viejos en la obra común de liberar a la patria esclavizada. Esa es, precisamente su significación y su trascendencia. No importa ya, a los efectos del objetivo perseguido, y alcanzado, que para lograr la unidad revolucionaria se tomara como pretexto A pie y descalzo, hubiera tenido que dejar Ramón Roa jirones de su honra entre las dentelladas de la emigración y seguir a merced de póstumos detractores”.
Una carta escrita por Martí a su amigo Miguel Viondi, el 13 de octubre de 1879 desde Santander, reafirma la opinión de Raúl Roa: “No pudo serme –dice Martí a Viondi– menos desagradable la navegación. Del capitán, hombre entero y simpático; del sobrecargo Leandro Viniegra, generoso espíritu venido a este empleo después de recias tormentas en la vida, recibí incesantes y no comunes muestras de celosa consideración. Digo esto, porque me complace tener que agradecer. Por muy lisonjera para mí, no le envío la bella y entusiasta carta con que me dijo adiós en nuestro último día de mar el sobrecargo. Tres cubanos, Roa con su fidelísima memoria de cosas pasadas y su leal conducta para conmigo, un joven Ojea y Cárdenas, bueno y fiel, y Luis Más, un estimable y juicioso matancero, fueron mis únicos compañeros de viaje. En la cárcel, sin cesar los vi a mi lado. Hoy, al fin, luego de haber demorado su viaje en espera de resolución de Madrid sobre mí, se han ido los tres. Muy especialmente se ocuparon a bordo de evitarme impresiones penosas –que para mí no lo hubieran sido y no lo fueron– al llegar a tierra”.
El autor destaca el carácter internacionalista de las ideas de su abuelo, quien al llegar a los Estados Unidos se integra a la dirigencia de la Sociedad de Amigos de América, organización que se propone ayudar al pueblo dominicano. Luego se crea la Sociedad Republicana de Cuba y Puerto Rico en la que Roa participa también. Colabora estrechamente con el chileno Vicuña Mackenna en Nueva York y, por último, es secretario de Domingo Faustino Sarmiento, designado en Washington por el gobierno de Argentina para desempeñar el cargo de ministro plenipotenciario. Al ser electo Sarmiento presidente de Argentina, Roa lo acompaña a Buenos Aires donde permanece hasta que se entera del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes y sale para Estados Unidos para más tarde venir a Cuba en la expedición de El Salvador.
Y así, entrelazándolo con los hechos y las figuras del 68, aparece y desaparece un patriota, que fue prolífero poeta y mambí decidido junto a Agramonte, Sanguily y Gómez.
“La vida –escribe Fornet– no es un bloque de mármol. Desde el ángulo de sus aventuras y venturas, Ramón Roa ofrecía claramente un rostro épico. Hubiera sido fácil trazar una raya y decir hasta aquí: la biografía de ese personaje que a los dieciséis años fue al destierro y once años después cruzó la Trocha a pie y descalzo, que había asistido a Agramonte y cargado al machete en la vanguardia de Gómez y Julio Sanguily, bien podía escribirse como una epopeya. Pero estaban también las desventuras. Visto desde este ángulo, Ramón Roa ofrecía un rostro dramático. No participó en la guerra del 95. El hombre que a los veintiséis años se imponía a todos los obstáculos, a los cincuenta se sentía aplastado por ellos…”
A través de las páginas de este libro se nos presentan juicios muy justos de las figuras más destacadas de la guerra, tanto para denunciar su falta de condición de revolucionario como para reafirmarlas en su heroísmo.
La figura del general Vicente García se sitúa en el lugar que le corresponde, su actitud deja mucho que desear. Era un hombre valiente, capaz de hacer cualquier cosa, pero es sorprendido constantemente por Roa –quien lo llama “la lechuza de la revolución del 68” tratando de tomar posiciones políticas sin importarle mucho la salud de la guerra revolucionaria. De él dice Roa:

No es necesario reconstruir por sabidos y sobados, los acontecimiento del turbio proceso que desemboca en la sedición politiquera y, por tanto, contrarrevolucionaria de las Lagunas de Varona. Baste señalar que se entretejen con el conato de sublevación del comandante Juan Ignacio Castellanos y el coronel venezolano Cristóbal Acosta y con la deserción en masa, en el campamento de Calixto García, de la caballería de Las Tunas, encabezada por el teniente coronel Sacramento León. En ambas ocurrencias, anda de por medio el secretario de la guerra, general Vicente García.

Roa califica su actitud como “lugareñismo de palangana” y “desapoderado afán de mando”.
Refiriéndose a Maceo, Roa escribe:

Maceo es, sin duda, el jefe insurrecto de más puro instinto revolucionario de la gran década y , por eso, en la hora de las definiciones, fue el más firme, el más audaz, el más decidido, el más intransigente. No podría, sin negarse a sí mismo, admitir ni aceptar la capitulación del Zanjón, paréntesis amargo en una lucha sin tregua. Sin pararse a ponderar obstáculos ostensibles, ni darle entrada a doctas razones, ni atender a miramientos por obligado que se sintiera –dígalo si no Máximo Gómez– Maceo se opuso a toda transacción, a toda concesión, a toda debilidad. Y, empinándose sobre su tiempo y la derrota, que también se le encimaba ineluctablemente, proclamó la necesidad de seguir combatiendo “hasta la última gota de sangre del último patriota”. La disyuntiva “independencia o muerte” no era una metáfora ni un imperativo de conciencia para él: era ineludible elección de su naturaleza revolucionaria.

De la actitud de Vicente García frente a la protesta de Baraguá, leemos: “Vicente García, que habíase arrimado a la protesta de Baraguá como la sardina a su brasa, es el último jefe que capitula. Urgido de comunicarle a la metrópoli la pacificación total de la Isla, Martínez Campos accedió a sus impúdicas exigencias para deponer las armas: setenta mil pesos oro por una finca de 150 caballerías de tierra que poseía en la costa norte de Oriente”.
Además de los acontecimientos finales de la guerra del 68, donde Roa se extiende dando detalles sobre las actitudes de los hombres y de los pormenores de los hechos, nos parece muy interesante también el análisis que hace desde finales de la guerra del 95 hasta la República mediatizada, período en el que deja ver con extremada claridad los factores que van dando origen y fuerza al neocolonialismo en Cuba. Dejemos hablar a Roa, quien refiriéndose a la Enmienda Platt dice:

Su texto contiene un preámbulo y ocho artículos, y aún hoy, cuando ni para papel higiénico sirve por las ronchas que levanta, su lectura incita a la mentada de madre. Y, a propósito, estoy seguro que perdí el sobresaliente en el examen de derecho internacional por haberle censurado ríspidamente al profesor de la materia, Antonio Sánchez de Bustamante –lumbrera entonces del santoral machadista–, la apologética interpretación de la enmienda que hace en una clase.
El primer aparato ortopédico del neocolonialismo constituye una cínica violación de los derechos soberanos, nacionales e internacionales, del pueblo de Cuba y un escarnio indignante a sus sacrificios, abnegaciones y proezas durante treinta años de combate por la independencia. Engarfia nuestro destino a los intereses y conveniencias políticas, económicos, militares y diplomáticas del gobierno yanqui. Este se reserva, en forma tan insolente como taxativa, la potestad de intervenir, cada vez que le venga en ganas, en los asuntos internos de la Isla, de quitar y poner los gobernantes, de imponer, para su defensa estratégica, la venta o arrendamiento de “los terrenos necesarios para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se consideren con el presidente de los Estados Unidos” y obligar al futuro gobierno cubano a insertar estas condiciones en un tratado permanente. 
Esta humillante y férrea camisa de fuerza constituía, como se ha dicho, el sustitutivo de la anexión y la garrocha del ulterior salto predatorio del imperialismo yanqui en el Mar Caribe y en el sur del continente. Corolario de la doctrina de Monroe, la Enmienda Platt le imprimiría fuerza internacional a este instrumento de hegemonía norteamericana en América.

El libro está lleno de datos importantes y de análisis muy valiosos. Es interesante la opinión del autor con respecto a la vanguardia revolucionaria que lleva al pueblo a la lucha armada tanto en el 68 como en el 95. El movimiento revolucionario en el 68 descansa sobre una vanguardia constituida en su mayoría por terratenientes ricos: “Pero serán precisamente desprendimientos de esta clase pudiente, ilustrada, conservadora e irresoluta –sus miembros más capaces, osados, progresistas, decididos y patriotas– los que, al abrazar y difundir los ideales e intereses de la nación, constituyen en las vísperas del 10 de octubre de 1868, el foco revolucionario de vanguardia que arrastrará a la lucha armada a los sojuzgados y desposeídos”. Roa resume esto en una sola frase: “se suicidan como clase y renacen como hombres”. Refiriéndose a la vanguardia de la guerra del 95 Roa escribe: “La vanguardia de la lucha de liberación que se avecina está compuesta básicamente por hombres oriundos de la cantera popular y se apoya en forma orgánica en la pequeña burguesía de la ciudad y del campo, en la clase obrera agrícola y urbana y en los campesinos desposeídos. Por sus raíces sociales es una guerra del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Su vanguardia personifica la conciencia de los intereses de la nación en una fase más alta de desarrollo del proceso revolucionario.
La clase burguesa en Cuba no tomó parte como tal en ninguna de las dos guerras contra España. En la del 68 todavía no existía como clase. “Su embrión –dice Roa– se malogra al rehuir los grandes hacendados azucareros criollos la alternativa de desarrollo capitalista planteada por los hechos e injertar los métodos de producción y las innovaciones tecnológicas creadas por la burguesía en el sistema de trabajo esclavista, con el consiguiente endurecimiento de las relaciones jurídicas en que se asentaba el régimen de tenencia de la tierra”.
En la segunda etapa revolucionaria ya la clase burguesa está en proceso de formación pero todavía es débil y tiene gran dependencia con los hacendados cubanos y los comerciantes españoles. “Políticamente se adscribe al partido Autonomista. Es contrarrevolucionaria y colonialista. Fue desde sus orígenes, una genuina burguesía antinacional”.
El libro nos da una visión clara de lo que verdaderamente fue la Historia de Cuba en el período que abarca desde 1844 hasta 1912, época en que le tocó vivir a Ramón Roa. En la obra encontramos todo lo que ha necesitado el autor por lograr el fin que se propone: vindicar a su abuelo, y situar a cada cual en el lugar que debe ocupar de acuerdo con su participación y su actitud en la lucha revolucionaria contra los intereses españoles. Por eso el libro va más allá de la biografía, de la historia. Se lee como una novela, una vez que nos metemos en él llegamos hasta el final. Raúl Roa es un hombre de la generación del 30 pero su libro refleja el espíritu de un hombre de nuestra generación.