lunes, 16 de abril de 2018

Fidel en la ONU (1960)

Por Raúl Roa Kouri

En 1960, dirigentes de varias potencias se pusieron de acuerdo para asistir al XIV período de sesiones de la Asamblea General. Eisenhower, Macmillan y Jruschov abrían la lista, en la que también figuraban grandes personalidades del Tercer Mundo: Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser, Kwame NKrumah y Sekou Touré. Con particular expectación se aguardaba en Nueva York al entonces Primer Ministro, Fidel Castro. Líderes de los países de Europa oriental, entre otros el polaco Ladislaw Gomulka y el húngaro Janos Kadar concurrieron a la cita en el palacio de acero y cristal, a orillas del East River.

Cuando se hizo público que Fidel asistiría a la Asamblea General, Malcolm X propuso, a través de Bob Taber, que se alojara en el Hotel Theresa, en el ghetto negro de Harlem. Me pareció una idea formidable, como he contado en otra parte. Pero ya el embajador Manuel Bisbé había tomado otra decisión: se alojaría en el Hotel Shelbourne, cercano a las Naciones Unidas, en Lexington y 37.

Numerosos cubanos acudimos al aeropuerto de Idlewild (ahora John F. Kennedy) a esperar al héroe de la Sierra Maestra. Una larga caravana de carros, patrulleros de la policía, agentes de seguridad y los miembros principales de la Misión ante la ONU, entramos hasta la escalerilla de la nave, un Britannia de nuestras líneas aéreas. A la salida, llegando a la autopista, un grupo de fidelistas saludaba, agitando banderitas de papel. El Comandante extendió el brazo fuera de la ventanilla del auto y un genízaro de la policía neoyorkina intentó impedírselo: Fidel, en gesto airado, le apartó la mano.

Un día o dos después del arribo a Manhattan la tensión crecía en los alrededores del Shelbourne. El gerente pidió hablar con el Primer Ministro. Fidel me instruyó verle. El tipo, de mediana estatura, corpulento, de bigotico y entradas, estaba exaltado: «Mr. Roa, me dijo, estoy muy preocupado por los pickets; es posible que haya violencia, que tiren piedras, que dañen nuestra propiedad. Diga al Primer Ministro que necesitamos un depósito de 20 000 dólares por si algo sucede.» Repuse que eso era totalmente irregular e inaceptable, pero insistió en su demanda. Al conocerla, Fidel Castro exclamó, indignado:

"¡Son unos bandidos! La ONU no debería estar en una ciudad donde no se respeta a las delegaciones que vienen a sus reuniones, donde no puede uno alojarse sin que traten de extorsionarlo! Raulito instruyó dile a ese individuo que no aceptamos su exigencia, que es un bandido. Díselo: ¡un bandido! Y que nos vamos del hotel!"

Cumplí sus instrucciones al pie de la letra.

En la habitación, Fidel daba grandes zancadas de un lado a otro. Ordenó al capitán Antonio Núñez Jiménez salir a comprar tiendas de campaña. Ya que no se podía vivir en el hotel, acamparíamos en el jardín de las Naciones Unidas. Pidió al doctor Bisbé que llamara al secretario general, Dag Hammarksjöld, y le solicitara una entrevista urgente. Había que dejar constancia de nuestra protesta por el inícuo tratamiento, de la necesidad de trasladar la ONU a un país civilizado, en el que los jefes de Estado o Gobierno recibieran las cortesías debidas.

Fue entonces que referí a mi padre, sentado en una de las camas, lo del Hotel Theresa. «¡Coño! ¿Cómo no lo dijiste antes?» Expliqué brevemente las razones. «Bueno, ahora ya nos vamos de aquí. Dilo a Fidel.»

El Comandante en Jefe no prestó mucha atención cuando, interrumpiendo su vigoroso paseo, le informé que podía conseguir un hotel. Fue la segunda vez, al escuchar que estaba situado en Harlem, que se detuvo. «¿En el Harlem negro?» preguntó. Al recibir mi respuesta afirmativa indagó nuevamente: «¿Estás seguro de poder obtenerlo?» Repuse que sí, que Malcolm X nos lo había ofrecido y no tenía dudas de que podría lograrlo aún, llamando a Bob Taber.

Fidel dio instrucciones a Abrantes de acompañarme a la oficina de los Musulmanes Negros mientras él, Roa y Bisbé se dirigían, con todos los demás y las tiendas de campaña por si acaso— a ver al Secretario General de las Naciones Unidas.

Con José Abrantes, pues, fui al Hotel Theresa tras localizar a Malcolm X por medio de Taber. Según habíamos convenido, llamé a mi padre a la oficina de Hammarksjöld, cuando todo estuvo resuelto. «Tenemos dos pisos informé. Pueden venir.»

Como por arte de magia (los servicios especiales yanquis no son tan deficientes) comenzaron a llover las llamadas teléfonicas al despacho de Hammarksjöld con ofertas de hoteles para la delegación cubana. El estirado diplomático intentaba convencer al jefe revolucionario de que era más apropiado trasladarse a uno de los buenos hoteles de Midtown. Fidel repuso que ya teníamos uno, el Theresa, y que iríamos a Harlem, con los humildes, los negros y latinos preteridos y discriminados, nuestros hermanos... Imagino la cara que puso el atildado funcionario sueco.

Los días del Theresa

Cuando Fidel Castro y sus acompañantes llegaron al Hotel Theresa, grupos de afronorteamericanos y latinos ya se agolpaban en los alrededores. Una cerrada ovación y gritos de ¡Viva Cuba! les saludaron, apenas el líder revolucionario bajó del automóvil. Sonriente, contento, Fidel devolvió el saludo con la mano. La policía y los agentes de seguridad habían levantado barreras que impedían a la multitud acercarse. En el vestíbulo, Fidel abrazó a Taber, estrechó la mano del gerente negro. Nuestra delegación ocupaba dos pisos: Fidel, Almeida, Celia, Roa, Núñez Jiménez y otros compañeros se instalaron en el de arriba. Desde una ventana, el Comandante en Jefe cumplimentó nuevamente a los amigos de Cuba, la gente de Harlem.

Súbitamente, aquella instalación más bien pobre se convirtió en noticia de primera plana. Allí acudiría para espanto de la seguridad yanqui e inquietud de la soviética el primer ministro de la URSS, Nikita S. Jruschov. Bajo, rechoncho y sonriente, abrazó a Fidel, sus barbas parecían una peluca sobre la calva del ucraniano. Le acompañaban el canciller, Andrei Gromyko, su yerno Adzhubey, que ocupaba la dirección de Pravda y otros camaradas. Por tener quehacer en la ONU no asistí a la conversación.

En cambio, serví de intérprete durante el encuentro con el jefe del gobierno indio, el Pandit Nehru y su ministro de Defensa, Krishna Menon. El discípulo de Gandhi, en atuendo característico, fue recibido al pie del elevador. Fidel agradeció su visita; apenado, le dijo que no debía haberse molestado en ir hasta el hotel. Nehru respondió, con voz baja y grave: «Quería tener el honor de estrecharle la mano a un héroe».

Como no poseíamos sala, la entrevista se desarrolló en la habitación contigua a la de Fidel. Nehru y Menon se ubicaron en sendas sillas, contra la pared, mientras que el Comandante y yo nos sentamos frente a ellos, en el extremo de la cama. Los amigos indios hablaban poco. Fidel les preguntó sobre su inmenso país, evocó a Gandhi, la lucha por la independencia; refirióse a la nuestra, a los problemas que surgían con los Estados Unidos, a la ley de Reforma Agraria. Les mostró fotos de las nuevas cooperativas publicadas en la revista INRA. Raúl Corrales registró el encuentro con su lente infalible.

El presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, con su ministro de Relaciones Exteriores, el sabio y educado doctor Mahmoud Fawzi, también acudió al Theresa. Teníamos muchos puntos de contacto con la lucha antimperialista que libraba Egipto, tras la nacionalización del Canal de Suez; defendíamos idénticos principios: ambos apoyábamos resueltamente la lucha anticolonial de los pueblos africanos. En aquella hora, los argelinos asestaban duros golpes a los colonialistas franceses, que desataron una represión brutal.

Aunque no fue un revolucionario, en el sentido marxista, Nasser desempeñó un papel destacado en la liberación de África, mantuvo posiciones progresistas y de amistad hacia la Unión Soviética y el campo socialista. La conversación con el dirigente cubano fue cordial y amistosa, abarcó un temario nutrido e importante. De ella surgió una relación duradera, cuyo primer paso había sido el establecimiento de relaciones diplomáticas, un año antes. Similares, por lo fraternales, fueron las reuniones con Kwame NKrumah y Ahmed Sekou Touré. Este último visitaría La Habana el 13 de octubre, inmediatamente después de intervenir ante la Asamblea General. Me correspondió acompañarle a la Isla y actuar como intérprete en las conversaciones que sostuvo con Fidel y Dorticós; Che hablaba bien el francés. Traduje, asimismo, su comparecencia ante la televisión. (Recuerdo el día que llegamos, el recorrido en auto descapotable desde el aeropuerto a la residencia. Esa mañana se había anunciado la nacionalización de 300 empresas norteamericanas y el pueblo, enardecido y patriótico, demostraba su adhesión y simpatías al Gobierno Revolucionario. Fidel explicaba a Sekou Touré el motivo del júbilo.)

Nuestro jefe comentaba, asimismo, al dirigente africano: ¿Ve el entusiasmo de nuestra gente?…Pues, fíjese, si les pregunto ¿están de acuerdo con la reforma agraria? Responden que sí. Si indago: ¿Están de acerdo con la nacionalización de las empresas extranjeras, de la banca y el comercio exterior? Exclaman: ¡sí! Apoyan la rebaja de alquileres (al día siguiente se proclamó la Ley de la Reforma Urbana), de la tarifa electrica, telefónica? ¡Claro! Pero si uno les pregunta: ¿están de acuerdo con el socialismo? Responden: ¡Noooo! Y es que hemos sido víctimas de las campañas orquestadas por el imperialismo contra las ideas socialistas, progresistas, comunistas. Nos casaron con la mentira…Y ahora les explico que estamos haciendo lo que prometimos en el Programa del Moncada: la revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes. ¡Y en eso sí están todos de acuerdo! Fue una visita inolvidable. Aprendí tanto sobre nuestra Revolución como Sekou Touré.

Todas las tardes, al regresar de la ONU, nos reuníamos en el cuarto del Comandante en Jefe. Este, conversando con nosotros, iba tejiendo su discurso, tocando diferentes asuntos, exponiendo ideas. El capitán Núñez Jiménez y yo éramos los encargados de recogerlas, sintéticamente, en tarjetas de archivo, que luego pasaba yo a máquina: una tarjeta, una idea. Al final, alrededor de cuatrocientas tarjetas constituyeron la única referencia escrita usada por Fidel en su magistral intervención ante la ONU, que mantuvo en vilo a centenares de delegados, invitados y miembros de la Secretaría, de pie en los pasillos, por más de cuatro horas.

Tremendo fue el impacto del discurso. No sólo nadie se había dirigido a la Asamblea por espacio de tiempo tan largo, sin que la atención decayera ni se produjeran deserciones en el auditorio; ningún jefe de Estado o Gobierno había hecho semejante proceso político al imperio, desnudando su entraña depredadora y voraz, su intervención grosera en la vida y los asuntos internos de un pueblo soberano e independiente. La ONU, que durante muchos años fue intrascendente vertedero de palabras, cámara de resonancia del dictum de los poderosos, tornábase ahora trinchera de ideas, foro de denuncia y combate. Imposible olvidar aquella pieza de historia quemante...

Numerosos fueron los dirigentes que se acercaron al escaño de Cuba para estrechar la mano de Fidel. Entre los primeros, Nikita S. Jruschov. Nasser, NKrumah, Nehru, Sukarno, fueron portadores del abrazo solidario de los países afroasiáticos. También los socialistas y algunos representantes de nuestra América: Manuel Tello y Luis Padilla Nervo, del fraterno México; de Bolivia, Marcial Tamayo, y algunos otros más.

La delegación soviética convidó a la nuestra a una «cena amistosa y fraternal», en la sede de su Misión ante la ONU, sita entonces en las calles 67 y Park Avenue. Los que debíamos asistir, nos hallábamos, por la tarde, en la habitación de Fidel, conversando sobre diversos temas. La charla era, como de costumbre, animada. Celia Sánchez, discreta y casi inadvertida, recordó al Comandante que debía mudarse de ropas. Fidel no se inmutó... Dos recordatorios después, como a las 19 horas, vistió su uniforme recién planchado.

Cuando arribamos a la Misión Soviética, Nikita se hallaba en la puerta, reloj en mano. Le rodeaban periodistas y fotógrafos, que registraron el saludo de Fidel Castro. Una vez dentro, el líder soviético observó que llevaba media hora esperándonos. Fidel adujo que los atoros del tránsito nos habían demorado y, de inmediato, agregó: «¡Pero usted no perdió el tiempo, le vi reunido con la prensa!» Jruschov sonrió, respondiendo que así era... ¡Y guardó su reloj de bolsillo!

La conversación tuvo lugar, inicialmente, en una sala del segundo piso, que se abría hacia el comedor. Menia Martínez, primera ballerina cubana, que había estudiado en Leningrado, sirvió de intérprete a Fidel, quien ocupaba, junto a Jruschov, un pequeño sofá. Los demás, nos agolpábamos, de pie o sentados, alrededor de los dos dirigentes.

La mesa en que cenamos estaba dispuesta en «U», con la parte del medio hacia el fondo del salón. En el centro, Jruschov y Fidel; a sus lados, Almeida, Gromyko, Roa, Ramiro Valdés, Emilio Aragonés, Celia Sánchez, Núñez Jiménez... Yo estaba en la «pata» derecha, entre el embajador Platón Mórozov y Adzhubey. Frente a nosotros, el director de Izvestia con el periodista Honorio Muñoz. A la derecha de Adzhubey, Carlos Franqui, director de Revolución. Por allí mismo estaba Luis Gómez Wangüemert, quien a la sazón dirigia el diario El Mundo. Me encontraba «entre colegas».

En un momento dado, Jruschov, que sufría por la calefacción, propuso que nos quitáramos las chaquetas, bez protokol[1]. Muchos lo hicieron. Entre brindis y elogios, Nikita preguntó si había entre los presentes algún viejo comunista. Honorio levantó la mano, orgulloso. El líder soviético, con sonrisa intencionada, le soltó: «¿Y no le da vergüenza que hayan sido otros quienes dirigieran la revolución?» Después, girando hacia Fidel: «¿Usted sabía que Andrei Gromyko fue embajador ante Batista? ¿Qué debemos hacerle por ese pecado imperdonable? ¿Lo fusilamos?» El Comandante, en el mismo tono, repuso que no era necesario. El Canciller soviético, en tanto, mostraba una sonrisa de payaso triste.

La atmósfera era fraternal y camaraderíl, no como dicen siempre las notas de prensa respecto a las reuniones entre dirigentes de los «partidos hermanos», sino de veras cordial, cálida, auténtica. Nikita Jruschov sentía profunda simpatía por el joven revolucionario y se regocijaba en serio del triunfo cubano. Contó a Fidel y todos lo escuchamos que a diario leía en su oficina del Kremlin las noticias sobre Cuba y al conocer cada ley, cada acto, cada golpe al imperialismo, miraba el tamaño de nuestra isla en el mapa, colgado a sus espaldas, y reía, reía... ¡Qué revolución tan formidable!

Episodio sonado del XIV período de sesiones fue el protagonizado por Jruschov, durante la intervención del premier británico, Harold MacMillan. La reunión en la cumbre de los «cinco grandes» acababa de fracasar, al derribar la URSS un avión espía U-2 sobre su territorio, pilotado por Powers, y el clima internacional se empozoñaba de nuevo. MacMillan, se lamentaba del fracaso de la reunión, culpando a los soviéticos por el incidente. Nikita, que le escuchaba con atención, mientras se daba masaje en un pie, blandió la sandalia que tenía en su mano derecha y golpeando con ella el pupitre, interrumpió al atónito inglés: «¡Eso es mentira! ¡Usted sabe que es falso! ¡Repita aquí lo que me dijo en privado! ¡La responsabilidad es enteramente de los Estados Unidos por enviar el avión espía!»

Los espíritus pacatos que tanto abundan en los predios diplomáticos se horrorizaron, cual viejas tías solteronas, por el exabrupto del Primer Ministro soviético. Fue una buena sacudida. De vez en cuando, es menester recordarles que el mundo es algo vivo, hecho de sangre, nervios, músculos... ¡y encabronamientos!




[1] Sin protocolo.

sábado, 14 de abril de 2018

Felicidades, Marta Hernández

En junio de 1967, pocos días después de mi debut televisivo en el programa Música y Estrella, un actor con el que había hecho muy buenas migas me invitó a una reunión en su casa. Se trataba de Humberto García Espinosa, a quien todo el mundo conocía por los sketches semanales que el ICAIC exhibía en los cines. El deseaba presentarme a algunos de sus amigos. Por mi parte yo empezaba a habituarme a que me invitaran a reuniones nocturnas, donde en algún momento alguien me pedía que cantara. Era una especie de ritual que, en aquellos días de descubrimientos, asumía incluso con placer. Por eso acudí, como siempre, acompañado de mi guitarra.

En aquellas reuniones, por modestas que fueran, solía haber alguito de picar, no mucho, y otro poquito de beber... Yo no era muy dado a la bebida. Tenía 20 años y los últimos tres los había pasado en las fuerzas armadas. No había tenido tiempo ni ocasión de aprender. Por eso me limitaba a probar, por cortesía, para no parecer desdeñoso.

Después de presentaciones y saludos, Humbertico dijo a los presentes que me había invitado a su casa porque quería que ellos, sus amigos, escucharan lo que yo hacía. Yo ignoraba que, entre aquellas personas, estarían una bella señora que había estudiado piano y cultivaba un refinado gusto musical, y su marido, un caballero delgado y sonriente, que en aquellos momentos era era el administrador general de la radio y la televisión cubanas: me refiero a Marta Hernández y a Juanito Vilar.

Aquella fue una reunión más, de las miles que se celebraban esa noche en La Habana, ciudad de brindis y convites, si los hay. Sin embargo comprendo que para mi fue mucho más que eso, porque entre aquellos amigos amables y amantes, de cierta manera, quedó sellado mi destino. En aquella reunión ocurrió la chispa que después se convertiría en el programa Mientras Tanto y en todo lo que vino después… Fue Marta Hernández la que, por sus estudios musicales, argumentó con sensibilidad y juicios la idea de darle una oportunidad a un muchacho recién desmovilizado que hacía canciones. Y, de todos los presentes, el único que podía tomar una decisión al respecto, o al menos hacer una propuesta a sus superiores, era su esposo, Juan Vilar (quien fue mi amigo hasta que nos dejó).

Lo único que pretendo decir es que, en la cadena de bondades que me han traído hasta hoy, hasta esta mañana de un cálido abril en que me siento a recordar y escribir para ustedes, vibra y suena fuerte el eslabón de aquella señora inteligente y bella que se llama Marta Hernández y que hoy cumple 90 años.

Felicidades, querida amiga de mi alma.


Con Marta, a las 11:30 de sus 90

viernes, 6 de abril de 2018

Tosco y Cortés

Por Mónica Rivero

“El que no vive de noche se pierde la verdad”. Lo sentencia José Luis Cortés, que se convirtió en El Tosco porque siempre ha sido un payaso. “Sí, payaso en el sentido de que nada me amilana”. En su ya lejana adolescencia José Luis estaba durmiendo mientras repartían en la escuela la ropa de trabajo, y finalmente solo quedaban unas botas número 12 cuando él usaba el 7. Y así se las puso. Empezó siendo “el hombre de las botas toscas”, pero “en Cuba todo se va poniendo chiquito por el camino”.
Estudió música sólo porque no llegó antes la planilla para que se hiciera pescador. “El lío era salir del Condado [en Santa Clara]. Si me quedaba ahí, iba a ser un buen delincuente, un buen borracho o un buen guapo”. Cuando lo aceptaron en la Escuela Nacional de Arte, se vio ya con frac tocando un concierto de Mozart, “pero no en una sinfónica; porque nunca me gustó ser gente de atril, sino solista”.
Tiene trece flautas, pero la preferida se la perdieron en una gira. “[Ryü] Murakami decía que yo tenía que tener la mejor flauta del mundo, y me compró esa, de plata completa”.
La primera fue de caña brava, y con esa, un cubo y una guitarra con cuerdas de menos, armó su primer grupo en El Condado, donde nació el 5 de octubre de 1951 en medio de un ambiente “totalmente artístico desde el punto de vista musical”.
“Aquello estaba lleno de rumba, de toques de santos, de religión yoruba… muchísimas cosas que tienen que ver al final con la música popular bailable”. Un vecino que se llamaba Antonio Ríos “tocaba guitarra más o menos”, y lo enseñó a solfear un poco. “Ahí empezó mi vínculo con la música”.
Su padre, Rafael Cortés, tocaba los timbales en una orquesta de circo y su madre, Aida González, quería ser cantante. Pero el abuelo “la arrastró por los moños, por los conceptos que había en aquel tiempo de que trabajar en cabarets era ser prostituta. Y tú sabes cómo se ponían los viejos esos antes, eran viejos intensos”, cuenta.
Igual su madre cantó… en la casa, mientras lavaba, por ejemplo. “¡Y lo hacía muy bien! Me sé todas las canciones esas que ella cantaba”.

***
Lo primero que quiso estudiar José Luis Cortés fue violín, pero no tenía condiciones. “Me dejaron con el rabo entre las patas porque yo no quería otra cosa”. Hasta que Antonio Pedroso, que estaba estudiando flauta en nivel avanzado, le sugirió que lo intentara con ese instrumento.
“Tú sabes que uno obstruye la forma de pensar cuando el medio castiga, y entonces estaba negado. Pero me metió una muelita ahí, que la flauta es el instrumento de los dioses…, y yo accedí”. Le hicieron el examen, y aprobó.
“En la escuela nos movimos mucho en el ámbito de la música popular, que era un tabú cuando aquello en las escuelas de arte. Querían que todo el mundo tocara Beethoven, Mozart, Haydn. Pero nadie quería tocar a Antonio María Romeu, ¡ni siquiera a Caturla! Era ‘Atrás fariseo’ con el que cogieran tocando esa música. Te reportaban, te quitaban el pase… Amén de eso, lo hicimos y teníamos un movimiento. Hasta que me apretó el zapato y me botaron de la escuela. Y tuve que salir a chancletear.”

¿Qué pasó?
Me sacaron por un año por una maldad del ex director de la escuela, que ya falleció. Porque le di un knock out técnico en una pelea de boxeo delante de toda la escuela. Y eso él no lo aguantó.
La tenía cogida conmigo. El problema es que yo era la candela; yo era el director del Festival de los Niños, Los vikingos les decía. También tocaba en la Orquesta Típica de la escuela, que la dirigía Adalberto [Álvarez], y además cantaba en el coro. Todo eso era una forma de escaparme del campo. De no cogerla. Pero no solo por eso; es que me gustaba, yo era polifacético.
Y cada vez que el director miraba, decía “Este tipo no trabaja y aparece en todos lados” y entonces un día estábamos Chocolate el pintor, Premio Nacional de Artes Plásticas, y yo practicando boxeo.
La flauta no tiene nada que ver con el boxeo, te dan un golpe en la boca y ya tú sabes que no puedes tocar, y las manos… Pero nada, yo estaba practicando y pasa el director y dice: “¡¿También eres boxeador?! ¡Dame acá los guantes!”, y le quita los guantes a Chocolate y se pone en su lugar.
Ya tú sabes, se enteraron todas las barracas esas: “¡Se va a fajar el Tosco con el director de la escuela!” Mil y pico de alumnos para el centro a ver aquella pelea, y él se la creyó de verdad y empezó a darme golpes.
Yo no quería darle porque, como quiera que sea, era una vara, un flaco. Pero entonces me dio duro y me partió el labio. Yo nada más sentí el sabor a sangre… y le di un hook izquierdo que cayó aquella vara de pescar en el piso. Y la gente, que le tenían un odio tremendo, me cargó en hombros.
Aquello fue terrible. Él no lo aguantó nunca.

¿Y te expulsaron por eso?
No. Me sacó por una discusión. Yo tenía que ensayar para el festival de los niños, y unos monitores se habían llevado los instrumentos. Me botaron por discutir con los profesores. Yo era fuerte, agresivo, que es mi forma de ser. Yo no tengo otra. Y máxime con toda la pila de pencos esos que eran monitores, que lo eran porque llevaban tiempo ahí, porque ninguno a la larga ha hecho nada significativo. Han tenido que dedicarse a la muela y a la otra cosa, porque de la música no ha vivido ninguno.
Entonces me mandaron para donde está el ISA ahora, al Country Club. Los albergues estaban cerrados y me pusieron a vivir en una suite de esas del Country Club, y a comer. Tenían unos elevadores y me subían la comida en elevador. Viviendo la dulce vida. Era un chamaco como de 15 o 16 años.
Y un día estaba en la puerta del ISA tocando la flauta y se aparece el director y me la quita. Y me botó de ahí, indiscriminadamente. Esa es la historia de por qué yo soy un músico popular: porque no me dio tiempo a ser nada más.
Después me llamaron y me hicieron una cantidad de propuestas y cosas, y yo no acepté ninguna. Arturo Sandoval también fue expulsado, y por ahí para allá hay una lista de expulsados que fuimos los que sacamos la cara por la famosa Escuela Nacional de Arte. Después trataron de acercarse, “Coño, que el título honorario”. No, yo ya pasé eso y no fui a recoger nada.

Ahí empezaste con Van Van…
Tuve que salir para la calle, quería cantar con la orquesta Aliamén de Santa Clara, pero se apareció la Ritmo Oriental y me dijeron: “Vamos para La Habana”. Y vine. Ya me habían llevado a los ensayos de los Van Van, pero mi papá no quería que yo tocara música popular, quería que fuera clásico. Igual empecé a tocar con los Van Van… hasta que vino el compañero Servicio Militar Obligatorio.
Yo estaba tocando en el Echevarría y llegó un jeepy: “¿Tú eres José Luis Cortés? Arriba”. Estaban buscando alguien con escolaridad para que manejara el equipo R824 que era en el área de comunicación.
Me mandaron para la 2424 en Limonar. Ya tú sabes, a pie y sin plantillas. Me pelaron, me quitaron mi espendrún, me robaron la ropa, acabaron conmigo. El jefe de la unidad no me decía soldado Cortés, como a todo el mundo. Me gritaba “¡Músico!”
Pero me fue a buscar el señor de la banda de Matanzas. “Mira gallo, aquí vas a tener tu cama, aquí se come en plato, mira las jevitas pasando…”.
Hice un grupo de música bailable con toda la música de los Van Van, y éramos los Van Van de Matanzas. Cubríamos todas las fiestas de los cherembocos y las delegaciones que venían. Nos pusieron a vivir en una casa de protocolo de Varadero. ¡Mira qué clase servicio ese! Ahí llegaba el ejército checo, todos los ejércitos esos, se metían cuatro buches, y dejaban la botella por la mitad. Ahí íbamos nosotros y metíamos la botella dentro del bombo de la batería, y después fiesta. Ahí estuvimos tremendo tiempo.
La pasé bastante bien. Hasta que una vez cogí el aparato ese para sintonizar las emisoras americanas y escuchar la música que estaba de moda; y me sacaron de ahí.
Pero estoy vivo y me estoy riendo de todo eso, lo que yo pasé te hace falta para poder triunfar en la vida. Por eso siempre agradezco el Servicio Militar Obligatorio. Porque ahí tienes que bajar la cabeza, tienes que fruncir el ceño y relajarlo poco a poco. Viene un bárbaro de esos, que es un hombre igual que tú, y te dice: “Cállate la boca, fresco, descarado, párate en atención”. Y te sientes como un monigote, pero aprendes a bajar la cabeza. Y en muchos casos, sin cobardía, a veces hay que bajar la cabeza para poder ganar una batalla. Y el jefe es jefe, aunque lea el periódico al revés. Eso es un concepto de Pello el Afrokán.
Después cogí otra etapa de Van Van, y luego Irakere. Y después NG la Banda que cumplió ahora 30 años, que amén de todos los traspiés, de las cofradías, de la mancillación, de todas las palabras esas que son palabras súper negativas… cuidado: tiene más valor porque se ha sabido mantener ahí. Pero yo no guardo ni chisme ni dinero.
El grupo nació un 4 de abril no porque yo quise, sino por casualidad. Me dijeron que me donaban los instrumentos si yo tocaba en una fiesta y yo toqué. No fue nada de “Vamos a hacerlo porque es el día de la juventud y los pioneros”.

¿Qué pasó después con “La bruja”?
Llegó un momento en que a mí me quitaron de la radio nacional. Borraron todas las cintas, estando en el hit parade, en el number 1, por una canción y por una bobería de esas de politiquería. Porque en definitiva, aquí vienen los yumas y se las llevan por saco. Es la verdad. Este es un país donde la prostitución de la mujer es mucha, pero no se puede decir porque los periodistas tienen la pluma prohibida.
El turismo busca sexo barato, ¿y esto tiene que ver con la música? Yo no tengo la culpa, yo soy un cronista con las canciones que yo hago para que la gente baile.
Mira, le hice una canción al picadillo de soya. Yo estuve en Suiza por tres meses y cuando regresé estaba en todas partes ese alimento suculento. Voy a casa de la madre de un amigo, y la vieja me pregunta: “¿Ya almorzaste?” Y me dice que tiene arroz blanco, frijoles negros, plátano maduro frito y picadillo de soya. Y yo: “¡¿Cómo que de soya?!” Yo no sabía nada, y me enseña lo que es. Me saca una cosa de color verde del refrigerador, rarísimo…
Me pongo a averiguar y hago la canción. ¡Ay! Ahí yo estaba conspirando contra los alimentos del pueblo. ¿Pero tú has visto más picadillo de soya por aquí? La razón la tenía yo. ¡Eso no hay quien se lo coma!
Con “La Bruja” no puedes imaginarte lo que me busqué. Por gusto, una canción que está incluso respaldada por la prensa internacional, porque la revista Interviú hizo un artículo sobre las jineteras en Cuba que decía: “4 de agosto, Palacio de la Salsa, tocando una de las mejores orquestas de Cuba, donde su director José Luis Cortés, el Tosco, cantaba a que las mujeres no jinetearan: ‘El precio del espíritu no se subasta’…” y tacataca tocotoco. Pero la cogieron conmigo.
Empieza el chisme. Empiezan los anónimos y los detractores y los infames que no te dan la cara. Que si regalé dinero en el Palacio de la Salsa… Se acababa de despenalizar el dólar, y tiraron una pila de pesos a la plataforma. Se lo tiraban a la chiquita que estaba bailando. Recogí como 700 dólares y se los di a ella. Y salió un hilo conductor directo para el Partido.
Pero no hicieron el cuento bien. Tú sabes que hay una picardía cuando tú incitas a la gente, pero no eres tú el que está provocando las cosas, eso es parte de la experiencia que tienes que tener a la hora de trabajar con público. Yo ni mandé a venir a los extranjeros esos, lo mío es tocar música. No voy a ponerme a controlar lo que pasa en un concierto. Cada cual que haga de su culo un tambor.
Pero nada, caí en boca de los envidiosos, de los detractores, y es muy fácil sacarte del juego con mentiras. Dice Obara-rete que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Ese es el signo que saqué yo. La gente siempre está: “Qué pesa’o el tipo este”, “Qué mal me cae”, “Y mira las botas que tiene puestas”. ¡Oye, me las compré, son mías! Ahora estoy viejo ya, no estoy para litigio de nada.

¿No extrañas eso?
Yo no sé, yo lo que soy es Shakespeare. Fui tildado de todo lo más malo del mundo, incluso una palabra que yo creo que no está en la Real Academia, que es “populachero”. Dijeron: “Este es populachero, grotesco”, todas las palabras malas. “Las letras de las canciones no son felices”. Hay millones de canciones, “kimbombó que resbala pa’ la yuca seca”, “échale salsita…”. Lo que hice fue hacer una canción con los alimentos del momento. Estaba la McDonald’s y había una cosa que hacían aquí que le decían McCastro. No puedo explicarte lo que se formó. ¡El público le dice McCastro! ¿Qué le voy a hacer? También es que yo soy fresco…
Tengo una canción nueva ahora, que estoy pensando si la pongo o no la pongo porque ya yo estoy tranquilo. Es mejor que me hayan olvidado.

¿Sobre qué es?
De la gallina y los pollos. Viste que se acabaron los huevos en Cuba. Irma se los llevó todos y María vino a rematar. Ya se recuperó más o menos esto, pero está cómico eso. ¿Cómo se van a acabar los huevos? ¿La gente de las granjas no pudieron guardar las gallinas esas?
Nada, yo siempre he tirado eso, y lo voy a seguir tirando, nadie me va a cambiar mi forma de componer. Yo no soy Silvio Rodríguez ni Pablito Milanés. Allá ellos con su trova, que yo sigo con la mía. La trova mía es la trova de la calle y la trova de lo que pasa de verdad. O ellos la tiran más duro, pero con palabras rebuscadas, con imágenes y con metáforas. No, lo mío es al crudo. Lo mío no está revestido, está el alambre pela’o, sin el nailito por fuera.

¿Te consideras el fundador de la timba?
Mira, yo no sé, que se fajen ellos. Eso lo dicen Juan Formell, Chucho Valdés… aunque Chucho dice: “Ya él hacía timba cuando estaba en Irakere”.
Hay un concepto ahí para discutirlo, pero yo no voy a discutir con los grandes. Ellos son los que saben. “El Tosco sí armó la timba, pero ya la timba se tocaba en Irakere”. Formell dice: “Pero él fue el que agrupó a todo el mundo e hizo la timba cubana”. Adalberto dice lo mismo. Todo el mundo dice lo mismo. Ellos lo dicen, yo no digo nada. Yo lo que hice fue hacer música. Más nada que eso.
Y tuve la oportunidad de haber tocado con Irakere y haber tocado con los Van Van y digo que la música es un híbrido. La naranja cortada por la mitad donde se coge de un estilo y de otro.
Dicen “NG la Banda es lo que puso a bailar a todo el mundo en la década del 90 y principios de los 2000”. Yo no me creo nada; ellos son los que dicen eso. Allá ellos.

¿Qué hace un timbero cuando el bailador dejó la timba por el reguetón?
Hay una cosa que pasa aquí. La mujer en Cuba siempre fue recatada a la hora de bailar. Cuando más te podías acercar era con un danzón, que pedías permiso a la chaperona, y entonces bailabas. Y ahora no, ahora tú sabes que la chiquita empieza a meter una cintura terrible y después viene un tipo cualquiera, y si le cuadra, ahí se queda toda la noche. El baile de pareja está casi extinguido, por muchas escuelas que hayan hecho, por muchos académicos que vengan de Suiza, de Francia, hasta de Rusia, ¡hasta de China!, que vienen con el lío del casino. El baile en Cuba lo ves que está en un rumbo flojo. Es un despelote total. Y como lo más grave que hay en el mundo es no educar a las personas. Bueno, Cuba es un país de cien años de lucha. Aquí nosotros somos guerreros. Tú tienes que explicar bien las cosas porque si no la gente te va a contrariar.
En general antes se mostraba la sensualidad, no la sexualidad, que son cosas diferentes. El bailador se ha ido por la esquina de Tejas, haciendo lo que le da la gana. Y ahora el trap ese. ¡Oye, eso está peligroso! Pero bueno…
A los muchachos del reguetón hubieran podido orientarlos. Hacen cosas que se ven feas. No sé si han visto el video de ese muchacho, Chocolate, diciéndole cosas a David Calzado… ¡Eso está fuerte!
Hasta ahora entre los salseros eso no ha pasado, entre la gente que toca la famosa timba cubana. Cuando el Médico [de la Salsa] y Paulito [FG] se fajaban era “yo no canto pero cómo lleno”, “tú cantas pero no llenas…”. Boberías de esas. Pero esto está terrible. Y eso que han cambiado para bachata, haciendo canciones de amor, dicen ellos. “De amor”.
Se metió el género, se metió el baile, y se metió la cofradía de los videos. Porque no es lo mismo oír que mirar. Ya todo el mundo quiere vivir al modo americano, todos los carros son imitando los carros de los reguetoneros de Puerto Rico y Dominicana. La gente, la juventud, se va por ahí. Dejan las cosas y todo el mundo aspira a tener lo bueno. La gente me decía: “¡Ah!, pero tú tienes un Mercedes Benz”. Y yo les decía: “Ven acá, si Fidel tiene Mercedes Benz, ¿por qué no voy a tenerlo yo? Ese debe ser el mejor carro, porque si el bárbaro lo usa…”. Y lo compré yo con mi dinero. Trabajen, luchen, hagan economía y cómprense lo que les dé la gana. Igual al final tuve que venderlo…
Otra cosa son los videos, que por cierto no hay uno que no tenga vestigios de racismo y vestigios de homosexualismo desde el punto de vista de la mujer. Eso no existía antes.
¡Búscame una negra en los videos esos! Todas son blanquitas lindas de esas qué sé yo qué sé cuándo, con unos cuerpos del carajo y de la alfombra roja todas. Búscame un video donde haya una negra prieta. Como si las negras no fueran bellas. Dos veces que vi el Paquete distintas semanas ya me di cuenta de lo que estaba pasando.
No es que yo sea Malcolm X ni Angela Davis ni ninguna de esa gente, pero yo esos pensamientos los tengo arraigados porque soy de esa época, de la época de la segregación. Veo lo que está pasando: la raza púrpura no aparece por ningún lado. Si acaso un reguetonero, y ahora los reguetoneros son blancos también. Blancos y bonitos. Menos Chocolate.
Chocolate es un caso. Ese negro es un chamaco que tuvo que convertirse en eso para poder hacer algo. Tuvo que changanear con la gente, fajarse con la gente para que la gente le hiciera caso. Yo me acuerdo de un día que toqué en el Combinado y lo mandé a buscar. Le dolía la cabeza, pero yo lo puse a cantar conmigo ahí.
Él me considera un poco por eso. Pero a mí no me importa que él me considere. Yo no tengo nada que ver con eso. Ni con el género, ni voy a meterme nunca con nadie, porque esas son inmoralidades sociales. En mi época pasaba eso y te digo que te metían un tiro. ¡Porque eso lo ve todo el mundo!

¿Te has hecho conservador con la edad?
No, la gente tiene la mente perdida pero yo estoy abierto a la inteligencia. Aparte, tengo información de aquí y de allá, porque si tú quieres ver las cosas como son, tienes que saber del amigo y del enemigo. Porque no es lo mismo Cotorro que catarro.
Mira con el Premio Nacional de Música vinieron a decirme que había muchos comentarios a favor y muchos en contra. A mí no me importa, lo mío es una galleta sin mano. ¡Sufre con lo que yo gozo! Más nada que eso.
Ya a mí no hay más nada que darme. Ya soy doctor honoris causa, tengo todos los premios que se pueden dar en Cuba, todos los machetes. ¡Cogí dos llaves de la ciudad en Santa Clara! Parece que una para entrar y otra para salir. Entro por Villa Clara y salgo por Sancti Spíritus. No sabían que me la habían dado y me la repitieron.
En Miami dijeron que el premio fue por el homenaje a Fidel. En el programa de Carlos [Otero], uno pide una flauta y toca el himno americano y dice: “Porque si el Tosco fue a tocarle a la piedra, yo le voy a tocar a Washington”. Pero no le toqué a Fidel solo, fue a Almeida también. Y me falta Vilma.
Son cosas que me da la gana a mí de hacer. Yo le toco a quien me dé la gana. La flauta es mía y la música también. Yo eso lo tenía en la cabeza: “Le voy a tocar a la piedra” y fui y le toqué. A mí nadie me propuso nada. Si me lo proponen no voy y le toco. Yo soy al revés.
Yo tenía un compromiso con Fidel, porque me salvó una vez. Si no fuera por Fidel yo estaría preso. La cogieron conmigo de una manera espantosa. Yo era la peste de los artistas, y Fidel tuvo una manifestación y ahí se acabó toda la jodienda.

¿Y Vilma?
Vilma fue la que me mandó a matar con “La Bruja”. Después se dio cuenta de que no, porque se dio una reunión y yo gané. Era una lápida lo que me estaban haciendo, lo que pasa es que el que tiene amigos tiene un central y ya Interviú sabía que se estaba tejiendo que me iban a partir las patas y llevé un ejemplar de la revista.
Entonces cuando las asesoras esas famosas, que es muela nada más lo que meten, me cayeron arriba con que no sé qué no sé cuándo… y “su música no ha sido la más feliz”. Le digo yo: “¿Cómo cuál?” Dice ella: “La cachimba”. Y yo: “Ah, espérate un momentico”. Casete. Y ahí empieza: “tiqui tiqui cuncu la mujer cubana es la mujer más estelar del mundo. Ataca Chicha”. “¿Esa es la que tú dices?”
Y ahí se formó la bronca. Que si el dinero en el Palacio de la Salsa. ¡Mételos presos, a los que tiraron el dinero! Y que en tal lugar tal cosa que usted hizo. El primero que se levantó fue Armando Hart y se fue. Estaba Abel Prieto, que era de la UNEAC cuando aquello, se levantó y se piró. Se piró Carlos Lage, se piró malanga y dejaron nada más a todos los tracatanes ahí, y Alicia Perea cuando vio todo eso dijo: “Espérense un momentico, a veces nos equivocamos, porque a este yo le di clases en la escuela y es un excelente flautista y es un cubano. A veces los videos son los que desvirtúan”.
Y ahí la cogieron con los videos. Entonces la cogieron con Adalberto y “Chichita no quiere que monte la guagua por atrás”, el profesor de 10mo grado, la cogieron con todo eso y cuando sale el tema de “La bruja”. Yo dije: “¿Puedo hablar? Parece mentira que hasta una revista capitalista 100 por ciento, que hace 1 millón de dólares de tiradas mensuales se dé cuenta de que yo tenía razón. El Tosco dice que el precio del espíritu no se subasta”. Y Esteban Lazo, que también estaba ahí, dijo: “Mire Vilma, esto no procede”. Y se paró.
Después Vilma me llamó: “No, que es verdad que a veces son los videos y se confunden, pero usted es un revolucionario, si no, no lo hubiéramos llamado aquí”. Mentira, iban a partirme las patas, lo que pasa es que yo les di una galleta sin mano porque para todas las cosas que hacía la Federación [de Mujeres Cubanas] contaban conmigo. Yo le hice a Vilma una pila de proyectos, ya después amiga mía. Le hice todo el dinero para la revista Mujeres, todos los festivales de mujeres, y también le hice una canción con la camerata de flauta. Y le voy a tocar la flauta también ¡porque me da la gana! En las redes sociales que hagan lo que quieran, yo vivo en Cuba.
Mira, el problema es que Marco Rubio no comió picadillo de soya y ya no tiene familia en Cuba y el otro verraco tampoco y Diaz-Balart tampoco. Toda esa gente está viviendo del exilio de la tez clara. En el teatro ese cuando hacían una tirada, no hay un negro. ¿Cuál es? Conmigo hay que jugarla, de verdad que sí, porque estoy enterado y alimentado de todo lo que pasa aquí y allá.

¿Cómo?
Con las redes sociales.
Y Donald Trump es un comemierda, que no sabe que el daño se lo está haciendo al pueblo de Cuba, porque Raúl sigue comiendo su dieta especial y todos los dirigentes siguen comiendo bistec y el que está jodido es el pueblo. ¿Tú sabes cuántos cubanos trabajan en los hoteles de Gaviota? El dinero va a ir para el lugar que va de todas maneras, ciérrenlo o no. Si no vienen los americanos, vienen los canadienses o si no los chinos o los belgas.
Eso no es forma de tumbar un gobierno. Los gobiernos se caen solos, por cosas que pasan. No porque tú hagas una campaña proselitista desde afuera para tumbar esto aquí. Esto lo tumba la gente de aquí si lo va a tumbar. Aparte el invicto se fue invicto. Le dejó el trono al hermano. Y ahora el hermano no sé a quién se lo va a dejar, hay que esperar ahora porque él sigue siendo el jefe del Partido, y el Partido es inmortal. Es verdad también que hay que darle sangre nueva a la política, no se puede ser tan ortodoxo porque es demasiado.

¿Cortés o el Tosco? 
Se ha quedado “el Tosco”, pero yo no tengo nada que ver con eso. ¡Mi apellido es Cortés! Yo soy la antítesis: del Tosco a Cortés va muchísimo.
No me gustan las tosquedades, menos el boxeo que sí me gustaba. Todo lo demás, no estoy pa’ eso, aunque tampoco tengo nada que ver con las flores ni los pájaros. Hay una confusión muy grande con eso, porque dicen que el de signo Libra es muy afín a esas cosas. Fíjate en los Libra famosos para que veas que ninguno tiene nada que ver conmigo.

¿Qué ha sido la flauta estos 47 años?
Parte de mi alma, es mi corazón, es con lo que yo puedo expresar de verdad la música que yo hago. Yo toco un poco de piano, un poco de bajo, pero la flauta es la que yo llevo de verdad y me hace transmitir lo que tengo aquí adentro. La flauta sin mí… digo, yo sin la flauta no soy nada.

¿Qué música oyes?
A mí la música que me gusta es la música brasilera. Me mata. Y estoy escuchando sobre todo Ella Fitzgerald, que no es brasilera pero cantó muchas cosas de Brasil. Toda la samba esa la cantó. Elis Regina, Milton Nascimento, Djavan, el caballo de la música brasilera que es el que inventó el bossa nova: Jobim. Esos son los temas más lindos que hay en el mundo.
Yo escucho eso, y a cada rato música clásica. Tchaickovski me encanta, me gusta Brahms, que a la gente no, pero la orquestación de Brahms, ¡cuidado! Métete adentro de la música. Hay que sentir los contrapuntos que tiene, la cuerda… es un animal. Chopin, Schubert, que es otro caballo. Liszt, otro caballo. El neo romanticismo, el impresionismo… es lo que más me gusta escuchar. Porque ya tú sabes que los barrocos son para los estudios y eso, los barrocos son para otra cosa.

Fuente: https://oncubamagazine.com/cultura/tosco-y-cortes/